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La Tabacalera, una colonia para caminar

La recorrimos y te revelamos algunos de sus secretos

Entre vecinos tan fufurufos como el Centro, el Paseo de la Reforma y la San Rafael, a la Tabacalera -pequeñita, modesta- hay que andarla y leerla a todo pulmón, sin boquilla. La antigua colonia Revolución tiene mucho que ofrecer amén del renovado Monumento a la Revolución.

Las tierras más o menos pantanosas en las que se levanta la Tabacalera han sido removidas muchas veces. Según el cronista Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, esta zona se llamó Mazatziutamalco en tiempos precuauhtémicos.

En el XVI los criollos la nombraron Zapotlán y siglos más tarde los mexicanos independientes fundaron aquí el Barrio del Calvario, en donde Agustín de Iturbide tuvo la intención de construir el Barrio Imperial. Era un proyecto interesante que incluía un zoológico y un jardín botánico, además de varias casas para nobles.

Para arrancar un paseo por la Tabacalera propongo la esquina de Rosales y Puente de Alvarado, el rumbo de la infancia de Carlos Monsiváis y también de las primeras páginas de La región más transparente. Merece la pena caminar al norte y revisar el par de librerías de viejo que subsisten antes de enfrentar al mero mero: el Museo Nacional de San Carlos (Puente de Alvarado 50). Se aloja en la casa del conde de Buenavista, la que hizo Manuel Tolsá. En este palacio operó, hace como un siglo, la Tabacalera Mexicana Basagoiti Zaldo y Compañía, de ahí el nombre de esta colonia que entonces olía a tabaco día y noche. Ahora inhala el aroma de una colección de arte de europeo.

Otro buen lugar para empezar es Reforma y Bucareli, donde, durante el XIX, primero estuvo un toreo y después la célebre mansión de Ignacio de la Torre, el yerno de Porfirio Díaz que trabó amistad, o a lo mejor algo más, con Zapata.

En 1945 se erigió en este punto la fabulosa sede art decó de la Lotería Nacional, comúnmente conocida como El Moro por el aspecto arabesco del diseño original. Con sus poco más de 100 metros de altura fue el edificio más alto de la Ciudad de México. Por cierto, cerquita, en Puente de Alvarado y Jesús Terán, corría la acequia Tolteca Acalopan, la que presumiblemente saltó Pedro de Alvarado para huir de la rebelión mexica cuando la Noche Triste.

Al arquitecto Carlos Obregón Santacilia -pocos saben que era bisnieto de Benito Juárez- le debemos el Monumento a la Revolución, obra sobresaliente de la era posrevolucionaria. Es bien conocido que la gran estructura iba a formar parte del Palacio Legislativo y que la revolución interrumpió su construcción. Hoy se ve alegre con su incomparable mirador y una galería subterránea. Sólo falta que se le devuelva la vida al Frontón México.

El recorrido trae consigo encuentros insospechados. Por ejemplo, la primera sex shop del DF (Ezequiel Montes 78), inaugurada hace unos 20 años. Asimismo se agradece el descubrimiento de la fonda Mélika y sus platillos iranís (José María Iglesias 7), y de la Casa de los Amigos (Ignacio Mariscal 132), inmueble de Luis Barragán donde habitó José Clemente Orozco. La asociación que la tiene a su cargo realiza actividades basadas en los valores cuáqueros, como reunirse para permanecer en silencio a lo largo de una hora. La hacen cada domingo a las 11 de la mañana y cualquiera está invitado.

Aconsejo la comida corrida en el alguna vez elegante Casa Rojas (Antonio Caso 100) o el risotto con queso cabrales en Mesón Puerto Chico (José María Iglesias 55).

Al final, un helado de tabaco, único en la ciudad, en La Especial de París (Insurgentes Centro 117, San Rafael), aunque esté en otra colonia.

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