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Entrevista con Santiago Solís

El creador del estudio Mano de Papel nos platica sobre su travesía por el dibujo

Santiago Solís en su estudio (Foto: Alejandra Carbajal)
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Foto: Alejandra Carbajal
Casa de Santiago Solís (Foto: Alejandra Carbajal)
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Casa de Santiago Solís (Foto: Alejandra Carbajal)
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Casa de Santiago Solís (Foto: Alejandra Carbajal)
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Ilustración de Santiago Solís (Foto: Alejandra Carbajal)
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Santiago Solís (Foto: Alejandra Carbajal)
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Foto: Alejandra Carbajal

¿Cuál fue tu primer acercamiento con la ilustración?
Uno siempre dibuja de niño, bien o mal, por gusto o por necedad. Yo soy el más chico de cuatro hermanos y mi mamá era muy aprehensiva, así que no nos dejaba salir a jugar a la calle. Mi hermano y yo nos poníamos a dibujar en las tardes. Él era fan de Robotech, grababa los capítulos en VHS y nos juntábamos para dibujar los robotitos cuando le ponía pausa a la imagen.

¿Cuándo decidiste dedicarte a ello profesionalmente?

En la universidad conocí a un ilustrador que fue mi maestro, Gerardo Suzán. Él me invitó a ayudarlo en su taller. Después vine al DF a estudiar diseño editorial en el INBA y me encontré con Alejandro Magallanes, quien me invitó a colaborar con él. Cuando terminé la carrera en el INBA, me regresé a Durango y puse el estudio de diseño Mano de papel. Como nadie me conocía lo primero que hice fue ponerme el reto de hacer 100 piezas en 100 días y ahí empezó todo. Esa serie de ilustraciones me abrió un montón de puertas y ha sido el detonante de muchas otras cosas.

Tu estilo de ilustración es difícil de definir, ¿tú cómo lo describirías?
Yo me baso mucho en lo cotidiano, creo que la mayoría de las ideas buenas están ahí, desde las cosas que escuchas en la calle hasta las que puedes ver. Es tan simple como observar a una persona gorda que pasó junto a un perro gordo. Eso crea un misterio: ¿por qué se parecen?. Son pequeñas conexiones que yo trato de explotar.

¿Crees que esa búsqueda de lo cotidiano se detonó en el DF, en comparación con lo que vivías en Durango?
Sí y no. Lo que yo me traje de Durango fue la paleta, es un valle semidesértico. El paisaje es árido y los colores son pardos. Cuando hacíamos libros no teníamos un peso, todo era a una tinta, entonces yo aprendí a usar el color a partir de esa limitante. Hay una parte muy gris en el DF pero también hay cosas vivas: los rótulos, los taxis, Coyoacán.

Participaste dando conferencias en un congreso de ilustración en Colombia, ¿cómo fue esa experiencia?
Como ilustrador, uno debe hablar de la ilustración porque no todo es dibujar, también se trata de pensar. A partir de esta experiencia sudamericana quisiera viajar más. Mi plan es repetir el tour sudamericano, pero para establecer nuevas conexiones. Mi carácter no es tan amigable, pero sé bien que si estoy en una mesa con ilustradores de otros países y no les hablo por timidez es una idiotez.

Sus dibujos y garabatos los encuentras aquí.

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