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Entrevista con Samanta Schweblin

Hablamos con esta escritora argentina sobre la sana locura, los buenos lectores y las casas vacías

Foto: Alejandra Carbajal

Un libro de cuentos debe tener una geografía o un clima en común. La locura que describe –y que refleja en sus historias– Samanta Schweblin en Siete casas vacías (Páginas de espuma, 2015) no es la típica de un manicomio, es una “sana locura”. Es la propia de la desesperación y de los intentos de nuevas soluciones por parte de personajes perdidos y extrañados del mundo, dice la autora. 

Se trata de seis cuentos cortos y uno largo que lleva al lector hacia siete casas habitadas por personajes que, en la vida diaria, parecen cuerdos, pero que están muy alejados de los parámetros de lo normal. 

Samanta cuenta lo normal desde lo anormal porque está convencida de que el mundo es mucho más extraño de lo que creemos y de lo que nosotros somos. “Estamos un poquito más locos de lo que nos gustaría aceptar. El mundo es así y por esa razón lo convencional es tan incompresible”, dice la escritora argentina. Lo estándar es lo fantástico y lo normal es la invención. 

No basta con un buen cuento, se necesita un muy buen lector que haga de él una muy generosa lectura. 

“Son dos energías que se juntan y para que eso suceda es necesario un par de requisitos: darle lugar al lector y programar su participación. Cuando uno escribe una historia, no sólo lo hace físicamente en el papel, también lo hace en la cabeza del lector”.

De acuerdo con Samanta, hay que programar lo no dicho, esas cosas que están en la cabeza del leyente y no en el texto. 

En un relato, todo está justificado, cualquier signo va a ser leído y no debe ser dejado al azar. En los relatos que integran Siete casas vacías –que concedieron a la autora el Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero (2015)– los detalles son retroactivos, todo el tiempo están diciendo mucho sobre los personajes y sobre el lector que toma decisiones sobre ellos. 

Su trabajo tiene descripciones abstractas y otras descriptivas que ayudan a materializar las escenas, las hacen visibles y verosímiles. 

“Cuando uno escribe programa en el lector un recorrido emocional. Si él quiere hacerlo o no, es su problema, no el mío”, asegura Samanta. Por ejemplo, los cuentos “Mis padres y mis hijos” y “Un hombre sin suerte” tienen una carga sexual infantil, pero la autora juega con la perversión en la cabeza del lector sin dejar de lado la suya, ya que para medir la participación perversa que puede tener el lector sobre los personajes, tiene que ser muy perversa también. 

En la literatura siempre hay algo de voyeurismo que incomoda porque uno está descubriendo cosas que el otro está haciendo un esfuerzo por esconder. En Siete casas vacías entras en un mundo en el que no deberías mirar, pero esa es la gracia de la literatura: poder entrar a ese mundo sin lastimar a nadie.

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