Y si pudiera volar… ¿qué tan alto llegaría?

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 (Foto: Alejandra Villegas)
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Bien decía Mathias Goeritz que “sólo recibiendo de la arquitectura emociones, el hombre puede volver a considerarla como un arte”. Por ello no es extraño que un artista como Jerónimo Hagerman intervenga el Museo Experimental el Eco, inmueble emblema de la arquitectura emocional, para evidenciar esa certeza.

Y si pudiera volar… ¿qué tan alto llegaría? es la instalación de Hagerman que convive con los muros amarillos, negros y blancos del edificio ubicado en Sullivan.

En la explanada, ataca a la mirada una conglomeración de antenas de televisión amarillas que en la parte superior tienen alpiste, hierba y agua. Por supuesto que son una ofrenda para las aves, una invitación para que la fauna urbana active esta instalación y la dote de vida. también es una metáfora de la relación entre el ser humano y la naturaleza, las creaciones del hombre también pueden servir para alimentar a esas criaturas que dominan los aires.

En el trabajo de Hagerman, quien ha expuesto en recintos como la Biblioteca de México, Casa Vecina, la Fundación Miró, en Barcelona y la Universidad Nanyang, en Singapur, vemos algunos elementos preponderantes, como es el uso de plantas y espejos en sus instalaciones.

En este caso, al entrar por el angosto pasillo del museo llama la atención una barricada formada por bambús altísimos que están dispuestos en forma circular y crean un lazo entre el interior y la explanada del recinto. Al centro, petates circulares y cojines invitan al visitante a relajarse y observar esta creación que dialoga con la propuesta arquitectònica de Goeritz.

En el piso del patio se ubican conjuntos de espejos, que gracias a la luz del sol, reflejan figuras en los muros. La curaduría del proyecto estuvo a cargo de Mauricio Marcín, Paola Santoscoy y David Miranda. Después de perderte unos minutos en esta intervención, lo único que te hará regresar a la realidad urbana será el sonido de los autos que transitan por Reforma.

Por Alejandra Villegas

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