Entrevista con Mariana Rondón

Charlamos sobre Venezuela, represión, miradas y baile

Foto: Cortesía Circo 2.12


El cine latinoamericano vive uno de sus mejores momentos en cuanto a producción, propuestas y realizadores. Cada vez es más frecuente encontrar directores de esta región presentando sus cintas en los festivales cinematográficos más grandes del mundo.

Pelo malo es un ejemplo perfecto. La cinta dirigida por Mariana Rondón formó parte de la Selección Oficial del Toronto International Film Festival, ganó la Concha de Oro del Festival San Sebastián y ha recibido un sinfín de premios y reconocimientos.

Hagamos a un lado las palabrerías y vayamos al grano. Pelo malo es una película mágica. ¿Por qué? porque nos habla a todos. Presenta la historia de un pequeño de nueve años que quiere recortar su cabello y buscar su identidad propia a pesar de su madre. 

Quizá la trama parezca sencilla, pero no lo es. Este simple hecho desencadena una serie de reacciones que denotan la mirada inquisidora de la represión: ser diferente es - aún en nuestros tiempos- un crimen.

Para sumergirnos en el universo de Pelo malo, platicamos con Mariana Rondón, la directora y encargada de usar una pantalla grande para narrar una historia que nos incumbe a todos.

Existe una infinidad de interpretaciones sobre la cinta. Algunos mencionan que trata sobre la minoría sexual, otros sobre racismo y más problemas de carácter social. ¿Cómo lograste que Pelo Malo hablara de todo y por todos a la vez?
La verdad es que a mí también me sorprendieron todas estas reacciones. Fue todo un descubrimiento a medida que la mostraba, pero sí es verdad que esto fue consciente. Para mí el tema principal de la cinta gira en torno a las diferencias y el respeto a las mismas y cómo, si este respeto no existe, las heridas pueden ser irreversibles. Hablamos, pues, de la libertad del ser humano y las dificultades que encuentra para expresar su identidad. Como directora dejé un espacio dedicado al público para que ellos mismos tengan su lectura propia del filme. También quise que la cinta no fuera algo estático, sino que se sintiera que ésta observa al público. 

Me sorprende mucho la selección de los actores. Leí que ni la madre ni la abuela ni los niños habían hecho cine. ¿Qué tan complejo resultó dirigirlos?
Fue un trabajo superdivertido. Se que suena contradictorio por el carácter de la película, pero como trabajo fue divertidísimo. En mi reparto tuve a una actriz profesional que había hecho teatro; una abuela que fue cantante en su juventud y a un par de niños. Traté de igualar la experiencia de todos ellos para conseguir un lenguaje común para nosotros. Diseñamos un trabajo a partir del juego. Todo lo que hacíamos era en función del juego y este se hacía cada vez más complejo. Les daba y quitaba poder a uno y a otro. Ahí ocurrían cosas muy interesantes.

A propósito del tema. En los clips que muestran el trabajo detrás de cámaras parece que toda la filmación es divertida. ¿Cómo lograste esta atmósfera?
Me esmeré mucho creando una relación de cercanía entre ellos. Hice dinámicas divertidas para que, cuando hicieran escenas fuertes, no se enojaran. Trato de no robarle la vida a mis actores, sino construir personajes con ellos. Esto fue lo más bonito. Si tú los ves, ninguno se parece a los personajes que hacen en la película. 

Háblame sobra la construcción de tus personajes. ¿Qué tanto adaptaste su personalidad a lo que buscabas?
Así como dejé un espacio de libertad para el público, dejé un espacio para los actores y, sobre todo, para mi equipo. Quise ser consecuente con mi discurso. Hay una secuencia al inicio de la película en la que el hijo y la madre bailan simplemente porque "me da la gana", ¿sabes? Los llevé hacia mi guión.

El baile es un tema central en la cinta. Yo soy pésimo bailando. ¿Qué sería de mi por allá?
Estarías perdido. Totalmente. Tendrías que volverte un teórico del baile para tener algún tipo de participación [risas]. La Venezuela que viví desde niña centraba su atención en el baile y éste se volvía un vínculo social importante. En la cinta trabajé el baile como un conflicto en nuestras vidas porque este puede ser un placer, pero también significa una derrota y un castigo.

No he sacado la cuenta, pero alguien me comentó que cada 10 minutos hay un conflicto por el baile [risas]. No creo que sea tanto, pero sí es una forma de abordar el conflicto. 

Otra de las cosas que más me llaman la atención es la fotografía. Me parece impecable y bella, pero a la vez nunca parece forzada. 
Micaela (directora de fotografía) hizo una cosa que me sorprendió mucho: Durante la filmación de esta película, jamás tuve que esperar por luz, ¿sabes? Siempre estábamos listos. Eso marcó la manera de rodar. Micaela utilizó muy bien la iluminación propia de estos departamentos que ofrecían un claroscuro precioso.

Retratas una parte herida de la sociedad venezolana, algo con lo que el pueblo mexicano se puede identificar, sobre todo con lo que está pasando ahora.
Sí, vivimos en una sociedad superconflictuada, violenta. Se que a veces al decir algo así sobre México parece hasta inocente, pero la verdad es que sí existe un estado represor. Aunque no quise reflejar el extremo violento, sino más bien lo abordé a través de gestos violentos. Miradas, ademanes que pueden ser tan dolorosos y tan hirientes que llegan a ser irreversibles. 

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Pelo malo

  • Valoración: 4/5

Cuando una madre no quiere a su hijo es vista como un monstruo. Sobre todo si el gran problema del chico –Junior, se llama– es querer alisarse el pelo y convertirse en ídolo de la canción ligera. El trabajo más duro de Mariana Rondón en Pelo malo no es despertar compasión por la víctima –quien demuestra en una precoz homosexualidad– sino hacernos entender los enigmáticos motivos de su verdugo. Es peligroso ver a Marta como una encarnación de la rabia y la


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