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Comer gratis en el DF

Retamos a un colaborador a dejar la cartera en su casa cinco días para convertirse al freeganismo. ¿Sobrevivió?

Día 1 (Ilustración: Diego Martínez)
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Ilustración: Diego Martínez

Comienzo la semana con optimismo: ¿qué tan difícil puede ser comer sin pagar? Sin embargo, mientras las horas pasan, mi estómago comienza a manifestar su enojo. Me descubro pensando en todo lo que podría comer si llevara mi cartera: desde un sencillo tamal hasta un desayuno de campeones en todos los negocios por los que camino.

Para el mediodía, mi hambre me nubla todo el pensamiento, así que decido comenzar mi misión: buscar comida en buen estado sin gastar un solo peso. Según la página oficial del freeganismo, los mercados son una opción muy generosa y nutritiva.

Entro al mercado 1ro de diciembre, mejor conocido como Mercado de Uxmal, en la Narvarte. Les pregunto a las marchantas que si no tendrán una fruta descartada que me regalen. Todas me miran de arriba abajo: pobre y desnutrido, no me veo.

Sin embargo, me hacen prometer que “a la otra” sí les compraré, y me remiten a una caja que tienen aparte: son jitomates, peras, plátanos y guayabas medio deformes y de color opaco. Me aseguran que están en buen estado, nada más que sus clientes los descartan por “feítos”. Esa fruta, y las de todos los mercados, termina casi siempre en manos de asociaciones para gente necesitada. Tomo sólo lo que me puedo comer en un día, muerdo una pera que en efecto sabe a pera, agradezco a las marchantas, y me voy.

Día 2 (Ilustración: Diego Martínez)
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Ilustración: Diego Martínez

“¡Porque no se puede luchar con el estómago vacío!” es el lema de Comida No Bombas DF, un grupo autónomo que basa su existencia en la premisa de que entre todos podemos ayudarnos. Organizan tequios (trabajos colectivos para mejorar la comunidad), pláticas sobre cómo reciclar y comidas comunitarias con ingredientes descartados.

El nombre viene del movimiento Food Not Bombs, grupo hermanado con el freeganismo, que tiene miles de seguidores en todo el mundo. Basta comprobarlo con una búsqueda de #foodnotbombs para conocer eventos, obsequios de comida y solidaridad humana.

Los contacto para preguntar si tienen algún evento hoy, pero responden que tales comilonas se hacen en fin de semana. No es una llamada en vano: me comprometo a participar en el siguiente tequio de la delegación.

Son las 11 de la mañana. Me termino el último plátano de ayer y aún tengo hambre. Al final, me decido por una táctica a la que recurrí varias veces durante mi vida de estudiante: las probaditas de súper.

No necesito explicar qué es, pero sí me gustaría comentar algo que he descubierto:

1.Llegar temprano garantiza probar de todo.

2.Ir con un carrito por todos los pasillos ofrece un buen disimulo.

3.Es triste decirlo, pero cierto: mientras más “exclusiva” sea la zona en donde se encuentre el súper, las muestras gratis son más abundantes, surtidas y sabrosas.

Día 3 (Ilustración: Diego Martínez)
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Ilustración: Diego Martínez

Apenas es miércoles y el reto no ha ido mal: no he muerto de hambre y no he roto las reglas. Sin embargo, sufro un ataque inclemente de falta de proteína, en forma de lo que llamamos antojo. Mi cuerpo me grita que quiere comer algo más sustancioso que dos kilos de fruta y más abundante que probaditas de pasillos.

Para no romper las reglas, encuentro un punto medio en los retos de comida. En El Cuadrilátero si te terminas la gladiador en menos de quince minutos, no la pagas; pero no tengo ganas de torta. En El Chilaquilito, si te acabas unos chilaquiles de picor nivel 13 (la escala va del uno al diez) no los pagas, pero honestamente sé que no aguantaría tanto picante. Así que mi opción es La Panuchería, en donde si te acabas 33 tacos o 16 panuchos de cochinita, comes gratis por un año.

Llego pasada la hora de la comida (no quiero público). Me siento con hambre suficiente para intentar romper el récord de los tacos. Pido de tres en tres. Para bajarlos, traguitos de agua de horchata. Los tres primeros pasan fácil, los segundos no tanto. No esperaba que estuvieran tan bien servidos. Cuando me termino el octavo estoy sudando frío. El décimo lo dejo a medias, igual que mi dignidad. Ni modo: a pagar. 

Día 4 (Ilustración: Diego Martínez)
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Ilustración: Diego Martínez

Después del fracaso de ayer, estoy dispuesto a rectificar mi vida como freegan: vivir al margen del sistema, no responder a sus mandatos ideológicos. Entonces decidí meterme en la boca del lobo.

Por mi trabajo anterior sé cómo funciona el mundo de las conferencias de prensa, particularmente en una exclusiva zona de la ciudad. Sé que en un momento del día se realizan conferencias con comida incluida. Me pongo mi chaleco con bolsitas, me cuelgo una cámara, tomo lápiz y libreta, y salgo en busca de alguna.

Paso los filtros y registros, tomo asiento y un mesero me pone enfrente un delicioso plato de comida caliente.

Mientras me termino todo (regla 4), me pregunto, ¿qué pasa con toda esta comida si nadie se la come? ¿cuál es el papel de hoteles y restaurantes en esta sociedad del desperdicio?

Para responder esto, seguí en mi papel de reportero y contacté a Jair Téllez, chef de Merotoro, Vicente Etchegaray, de Bakéa, y a Sasha Correa, del restaurante Pujol. Jair, preocupado desde siempre con el uso de ingredientes de temporada y de huertos orgánicos (tanto en Merotoro como en Laja, en Ensenada), dice que hace lo que puede para aprovechar al máximo todos sus ingredientes: dividir la basura, el aceite usado en la cocina reciclarlo en biodiesel, y sobre todo, su política trabajar con pequeños productores, como el caso de los pescadores oaxaqueños que surten de pescados a Merotoro. Vicente, por su parte, elabora composta con los desperdicios orgánicos de Bakéa, y con ella cultiva sus ingredientes en un rancho en el Estado de México. Un ciclo completo de calidad y frescura. En Pujol, por otro lado, procuran sacarle el máximo provecho a todo. Por ejemplo, los pelos sobrantes de los elotes sirven para la infusión con la que se abre el menú de degustación.

Con estas respuestas, me siento mucho mejor: sí, la comida todavía se desperdicia, pero hay quien está haciendo verdaderos esfuerzos para que esto no ocurra.

Día 5 (Ilustración: Diego Martínez)
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Ilustración: Diego Martínez

El último día de mi vida como freegan hice un descubrimiento. Los pueblos originarios del DF son pueblos llenos de fe y, en la mayoría de los casos, su vida se rige en torno a un santo y a su respectiva iglesia. Cada santo tiene su fiesta, en donde el pueblo entero echa la casa por la ventana (mención aparte merece el Niñopan de Xochimilco, cuya fiesta en febrero es tan grande como la verbena del 15 de septiembre). Me bastaría con buscar en el calendario a cuál santo le toca celebrar en cuál pueblo para ir y disfrutar de las kermeses y celebraciones, sin pagar un quinto a lo largo del año.

Mientras disfrutaba de un delicioso taco de arroz en San Francisco Tlaltenco, Tláhuac, y miraba cómo familias enteras convivían felices al pie de la Sierra de Santa Catarina, tuve una revelación.

Descubrí la gran diferencia entre ser freegan en primer mundo y en México: el sentido de comunidad. En Europa y Estados Unidos, son famosas las fotos de botes de basuras repletos de comida fresca con freegans alrededor de ella. En dichos países la ayuda viene de las autoridades y las relaciones sociales son un poco más lejanas. Aquí, en cambio, la ayuda viene del vecino, del amigo. Todos nos conocemos y en donde comen tres, comen diez.

Me lo dijeron las marchantas en el mercado de la Narvarte, también los de Comida No Bombas y sus tequios; también me lo dijeron Jair Téllez y los habitantes de Tlaltenco: aquí, de alguna manera o de otra, todos somos freeganos.

La necesidad más básica del ser humano, después de respirar, es comer. En  tiempos antiquísimos, bastaba con estirar la mano hacia el árbol más cercano y tomar una manzana, pero varios siglos, millones de personas y sistemas económicos después, el asunto se ha complicado. Una de las respuestas más recientes al sistema capitalista es el freeganismo, término que combina la palabra "free" (gratis) y "vegan" (vegano).

El término apareció en la década de 1990, aunque tuvo sus inicios en los diggers (excavadores) de San Francisco de los años sesenta. Actualmente tiene seguidores en todo el mundo, incluido México. El movimiento se basa en tomar y consumir cualquier alimento que ha sido descartado por otros, y, aunque no necesariamente tienes que ser vegano, la mayor parte de los que siguen este movimiento lo son.

Como los freegans no usan dinero, y por lo mismo, se salen del sagrado ciclo capitalista de la oferta y la demanda, han sido considerado como un movimiento "anti-consumista".

Muchos lectores estarán pensando: ¿qué no hacen eso los pepenadores? Puede que tengan razón, después de todo, el freeganismo nació en países de primer mundo, en donde las reglas de administración de la basura son diferentes a las de los países "en vías de desarrollo".

¿Cómo ser un verdadero freegan? Checa el slideshow de arriba para enterarte de algunas estrategias viables en el DF.

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