0 Me encanta
Guárdalo

Camina por Chimalistac

Más allá de San Ángel y Coyoacán, te invitamos a explorar esta colonia del sur del DF

 (Foto: Alejandro Saldívar)
1/14
Foto: Alejandro Saldívar
 (Foto: Alejandro Saldívar)
2/14
Foto: Alejandro Saldívar
 (Foto: Alejandro Saldívar)
3/14
Foto: Alejandro Saldívar
 (Foto: Alejandro Saldívar)
4/14
Foto: Alejandro Saldívar
 (Foto: Alejandro Saldívar)
5/14
Foto: Alejandro Saldívar
 (Foto: Alejandro Saldívar)
6/14
Foto: Alejandro Saldívar
 (Foto: Alejandro Saldívar)
7/14
Foto: Alejandro Saldívar
 (Foto: Alejandro Saldívar)
8/14
Foto: Alejandro Saldívar
 (Foto: Alejandro Saldívar)
9/14
Foto: Alejandro Saldívar
 (Foto: Alejandro Saldívar)
10/14
Foto: Alejandro Saldívar
 (Foto: Alejandro Saldívar)
11/14
Foto: Alejandro Saldívar
 (Foto: Alejandro Saldívar)
12/14
Foto: Alejandro Saldívar
 (Foto: Alejandro Saldívar)
13/14
Foto: Alejandro Saldívar
 (Foto: Alejandro Saldívar)
14/14
Foto: Alejandro Saldívar

No me gusta el sur de la ciudad. A lo mejor es porque crecí en el norte de ella, donde tenemos una escultura de Luis Barragán como emblema. O tal vez porque lo siento como a un extraño que me resulta hostil, como cuando salgo del Metro Miguel Ángel de Quevedo y me recibe con el caos de avenida Universidad.

Camino sobre la avenida tratando de llegar a Paseo del Río, que me han dicho que es una de las calles más bonitas de Chimalistac. En el camino sólo puedo pensar en el hambre. Veo el Taro, un restaurante de comida japonesa al que fui una vez en un pasado remoto. Lo recuerdo bueno, pero no suficiente por ahora: a mi hambre no se la contenta con gohan.

Muy cerca hay un motel que me parece curioso. Se llama Un amor. Yo creo que a un amor no lo llevas a avenida Universidad. Si de verdad amas a alguien y ya estás ahí, quizá a donde sí deberías llevarle es a El Palacio de la Barbacoa. El motel qué. Hay, claro, barbacoa, pero también carnitas estilo Michoacán. Yo pido un caldo de cordero y dos tacos que se deshacen en mi boca apenas los muerdo.

Pero tengo como objetivo llegar a ver los puentes coloniales gracias a los cuales el gobierno de la Ciudad de México nombró a esta área patrimonio tangible e intangible. Se dice que en esa zona viven "intelectuales, políticos, artistas y uno que otro narco". Con buena razón: lo que veo es un oasis. Los cuatro puentes viejos están llenos de vegetación. Alrededor, los callejones son bajo un árbol. Es raro que no es uno de los barrios con mayor concurrencia de la ciudad, pese a ser de los más antiguos.

Su historia data de la época prehispánica -pertenecía entonces a la zona de Coyoacán- y alrededor de los primeros 1400 lo gobernaba Maxtla, hijo de Tezozómoc. Luego, en la época Colonial, se asentaron las magníficas casonas que pueden verse hasta hoy -las más viejas, del siglo XVII y las más modernas ya del siglo XIX- y que son consideradas por el INAH como monumentos históricos.

Se me queda pendiente ir a Gandhi Oportunidades -la librería de descuento que está sobre Miguel Ángel de Quevedo-, pero la lluvia ha comenzado a amenazarme. De pronto recuerdo que por ahí vive el escritor David Miklos, a quien entrevisté una vez en su casa sin saber de su barrio nada más que era lejanísimo... Chula la colonia de Miklos.

Si no hubiera estado cerca la lluvia, me habría gustado que la caminata me llevara a la biblioteca del Centro de Estudios de Historia de México de la Fundación Carlos Slim, que se encuentra muy cerca del árbol donde estaba leyendo. Ahora tengo pretexto para volver. Porque está lindo y, finalmente, no es tan lejos como pensaba.

Tip amigo: Llleva tus audífonos para escuchar tu música mientras caminas. Además de una mochila para cargar tu suéter, paraguas, una libreta y lo que compres en el camino.

Comentarios

0 comments