El club de la mano amiga

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El club de la mano amiga

En esta ocasión decidí ver El club de la mano amiga. Me atrajo su buen elenco, pero más me inquietó ver la combinación de un texto escrito por un ácido dramaturgo mexicano, heredero de la subversión de Hugo Argüelles –quien fue su maestro-, y la dirección de Julián Pastor, una gran personalidad del teatro, el cine y la televisión mexicana, precursor del teatro cabaret en México que dirigió el legendario Bar-Guau, donde él mismo escribió exitosos espectáculos durante las décadas de los ochenta y noventa. Así que uno llega a ver esta subversiva comedia sexual envuelto de nostalgia y altas expectativas. Una pareja joven y exitosa cuestiona su vida íntima el día en que Gina (Paulina Treviño) descubre que su marido Gastón (Héctor Kotsifakis) se masturba. Gina se escandaliza, pues además de ser de moral conservadora, no entiende cómo puede él masturbarse teniéndola a ella, y se desahoga con su mejor amiga Chela (Aleyda Gallardo), de tendencia más liberal. Gastón, en cambio, decide perfeccionar sus métodos y se involucra con una secta adoradora de Onán, guiado por su amigo y gurú Chucho (Ernesto Godoy).  Todo gira alrededor de la doble moral de las parejas y sus desgastadas vidas sexuales. Las escenas corren a buen ritmo y la risa brota de inmediato; sin embargo, los estímulos que mueven las decisiones de los personajes se sienten arbitrarias e inconstantes -por ejemplo, la pregunta que Gina se hace de por qué su marido se masturba, jamás se resuelve y el personaje masculino no sabe en específico qué quiere lograr al intensificar su actividad onanística-. La estructura de la comedia no alcanza a arraigarse y la dirección del maestro Julián Pastor se siente rebasada por las dinámicas escénicas propuestas por las nuevas generaciones. Pero -maestro del género, al fin y al cabo- sabe bien que la escena de este tipo la construye el guiño, la espontaneidad y la relación con el espectador. Y es ahí donde gana la obra: los actores enfatizan su carisma y se comunican entrañablemente con el espectador, que sucumbe al juego, al humor desvergonzado, al total carcajeo y aplaude una gran velada. Se recomienda ir con acompañantes de mente abierta (básicamente para no sorprender a nadie cuando tu risa indiscreta evidencie tus propios placeres solitarios).

Por Silvia Ortega

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