Odio a los putos mexicanos

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Detrás del mordaz y llamativo título de esta obra se esconde una descarada sátira que engloba un tema muy pertinente: el fenómeno de migración y su consecuente repudio al migrante, aquel invasor que amenaza el estado de confort y los ideales de la extrema derecha norteamericana. Pero la postura es más retorcida aún, pues el migrante es capaz de autoaniquilarse. Sí, la escena apesta a descomposición social. Nos pregunta el autor LEGOM (Luis Enrique González Ortiz Monasterio) en el texto del programa de mano: “¿Has  escuchado la frase al pan, pan y al vino, vino? ¿No te parece estúpida? ¿Quién puede llamar pan siempre al pan y vino siempre al vino? ¿Quién puede vivir sin la poesía, quién puede vivir en la puta literalidad?”. Y es que LEGOM critica ferozmente la estrechez y pereza mental escondida tras el entendimiento literal. La obra es también una lucha… “contra los crímenes que cometemos escondidos tras la literalidad de la palabra, tras la literalidad del pan y tras la literalidad del vino”.

Antes de entrar a la función me encontré con Boris Schoemann, director de esta puesta en escena, que con malicioso goce me dijo: “Silvia, esta es una obra que a primera lectura es nauseabunda, es muy hiriente”. ¿Y cómo no iba este texto a fascinar a Boris, si su vocación está en promover lo mejor de la dramaturgia contemporánea; si ha montado y publicado a refrescantes dramaturgos como a Yvan Bienvenue,  Daniel Danis, Wadji Mouawad, o a los mexicanos Enrique Olmos y Alejandro Ricaño, entre muchos otros? El ojo de Boris, como responsable del Teatro La Capilla, está en hallar dramaturgias transgresoras que sacudan nuestra actualidad. En este sentido, LEGOM le queda como anillo al dedo.

Las actrices Mahalat Sánchez y Carmen Ramos interpretan impecablemente a Tamara, una mujer white trash (norteamericanos blancos de bajo status) que vive en cualquier suburbio del sur de los Estados Unidos al que han migrado nigerianos, mexicanos e hindúes. Tamara narra el destino de su hermano Barry Joe. Pero más que la anécdota, el valor está en cómo Tamara describe su contexto y desentraña su obsceno y doloroso universo sentimental; y en cómo, al guiarse literalmente bajo los conceptos de Dios, Patria y Religión, hace inconsciente gala de su estupidez. Este microcosmos es espejo social. Tamara representa a esa humanidad víctima de una moral esquizofrenizante y de la total pérdida de identidad.

Aquí no hay más espectáculo que el de dos notables actrices trabajando con agudeza la violenta crítica de este autor, voz anarquista de la dramaturgia mexicana contemporánea. 

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