Bola de carne

Teatro
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“Los animales salvajes no están en el mundo para ser domesticados. Se les puede eliminar, pero domesticarlos es criminal”, sentencia Noam Chomsky en una confusa discusión sostenida con Michel Foucault.

Ambos teóricos aparecen para romper la tensión de la escena que se desarrolla en Bola de carne: un par de hombres están cazando a una mujer. ¿Quiénes son los animales salvajes? ¿Los cazadores o la víctima?

Esta obra de Bernardo Gamboa (basada un poco en Tito Andrónico de William Shakespeare) cuestiona la moral, la libertad, el racismo y la igualdad a partir de un crimen salvaje.

Demetrio y Chirón, un par de criados pobres llamados indios-godos, llevan a Lavinia, la educada y liberal hija del patrón, a una expedición para enseñarla a cazar, con cuchillo en mano, cerdos salvajes.

Lavinia se convierte en la presa de quienes, de alguna manera, han sido los condenados de la desigualdad social y el racismo.

Bernardo Gamboa y Micaela Gramajo encarnan a todos estos personajes en el montaje, en el que los actores cambian de papel sin previo aviso.

En Bola de carne, el público deja de ser un simple espectador para convertirse en juez del crimen ante las explicaciones y justificaciones de los personajes: los indios-godos, el padre justiciero de Lavinia, los filósofos e, incluso, los cerdos.

¿Qué tan libre es el hombre si no puede utilizar la fuerza que la naturaleza le dio? ¿Reconocer la humanidad de otro lo hace igual, aunque tenga el privilegio de ser de la clase alta?

Si bien la tensión se pierde por momentos en el entramado filosófico, al extremo de hacer una pausa casi académica para que los filósofos expliquen sus posturas, Bola de carne logra mantener al público en vilo por las actuaciones crudas (igual que la carne de cerdo destazada) del mismo Gamboa y Micaela Gramajo.

Hay que abrir muy bien los ojos y prestar mucha atención a esta compleja obra para entenderla; no en balde Chomsky y Foucault interrumpen para explicar el sustento teórico de la puesta en escena.

Por Berenice Andrade

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