Criminal

Teatro
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 (Foto: Alejandra Carbajal)
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Foto: Alejandra Carbajal
 (Foto: Cortesía de la producción)
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Foto: Cortesía de la producción

Basta con el título para saber que en esta obra hay un muerto. O más de uno. O tal vez ninguno. En esa casa nada es lo que parece ser, aunque todo haya sido enunciado una y otra vez como si fuese una verdad bajo protesta. No en un juicio o en una misa, sino en una consulta psicoanalítica que, para la cultura argentina, es el justo equivalente de un juicio, de una misa, o de una charla de café.

El psicoanálisis, con todos los vicios y virtudes que representa –en doctores y en pacientes–, es la base de un enredo médico y casero que entre más intrincado, más peligroso y delirante se torna.  Freud estaría feliz de conocer el caso de Diana y Carlos, una pareja en la que cada uno desconfía del otro. Y Lacan moriría de felicidad si conociera a sus respectivos y paranoicos terapeutas: Juan Bueras –el de ella–, y el Dr. A –el de él–.

La primera obra y el primer éxito del dramaturgo y director argentino Javier Daulte llega por primera vez a la escena capitalina gracias al ímpetu de la actriz y productora Fernanda Borches, quien encontró en Sebastián Sánchez Amunátegui el director ideal para esta comedia oscura y corrosiva. Lo avalan montajes de una acidez muy similar: Nuestras vidas privadas, La lechuga y El loco y la camisa.

Sánchez Amunátegui construye una alta y elegante puesta en escena que contrasta con las bajezas y debilidades de las que poco a poco van mostrándose capaces los personajes. El uso del lenguaje, fundamental del universo psicoanalítico, es llevado al extremo al hacer que el joven matrimonio, representado por actores argentinos, conserve y exagere sus acentos natales, añadiendo un elemento efectivo y muy hilarante.

El eje de la obra lo marca el personaje de Diana, la esposa que pasa de lo neurótico a lo histérico, hasta llegar a lo perverso y a lo cínico. Fernanda Borches la asume con sus sólidas capacidades de actriz dramática y, en esta ocasión, de gran comediante. Junto a ella, Moisés Arizmendi, Juan Martín Jáuregui y Araph Bethke completan un cuarteto que orquesta con ritmo, un asunto que resulta al mismo tiempo entretenido y perturbador.

Lo único que quizá hay que reprocharle al montaje es que se dé, en su primera temporada, en un teatro tan grande, lo cual le resta la intimidad y la confrontación que a todas luces propone Javier Daulte en su texto original. Al final de la obra queda claro que el crimen que cometen el director y su reparto es en contra de toda complacencia y de cualquier bostezo.

Por Enrique Saavedra

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