El líquido táctil

Teatro
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El líquido táctil
Foto: Cortesía de la producción

¿Cómo habrá llamado el primer hombre a su perro?, se pregunta Nina y comparte su inquietud con su esposo y su hermano, quien está de visita por la casa del matrimonio. La obsesión de Nina por los canes ha llegado al grado de investigar el vocablo raíz en diferentes culturas para referirse a los perros. Pero esta conversación, un tanto casual, un tanto fársica, es la detonante de El Líquido Táctil, la nueva empresa escénica de la compañía Los Endebles.

Boris Schoemann, director de la compañía y del montaje, mira hacia el sur y nos acerca al universo dramático del argentino Daniel Veronese, quien en este texto interpela a uno de los clásicos de la tradición teatral rusa: Antón Chejov. De esta forma, varias referencias directas e indirectas a la obra chejoviana habitan en este proyecto que el público disfruta en el intimísimo espacio escénico del Teatro La Capilla.

La farsa, el humor, la ironía y la cerveza se mezclan en una reescritura de varias piezas del maestro ruso. Veronese se ríe —de y con— Chejov. Durante la puesta en escena se debate sobre el teatro y el cine: sus diferencias narrativas y las ventajas que tiene el uno sobre el otro según la perspectiva de cada personaje. También se exhibe el vacío de una sociedad que carece de sentido. Curioso es, que una obra escrita a finales de la década de los noventa, encuentra acomodo 20 años después.

El elenco está integrado por la actriz colombiana Gabriela Zas Montero, acompañada por Jorge Chávez Caballero y Daniel Bretón, quienes abordan esta comedia ácida de forma incisiva gracias a la propuesta escénica de Schoemann, en la que el subtexto juega el rol protagónico.

El trabajo de Mercedes García en la escenografía e iluminación aporta con sencillez y economía, el ambiente preciso para una conversación casual que desencadenará filias, perversiones, miedos, obscenidades e histerias, amén de dos elementos que son tiro de cordón para el desarrollo de la trama: un perro de peluche y un líquido rojo para dejar de fumar. 

Al final, hay una sensación en el público provocada por la suma de los elementos de la maquinaria teatral: ¿Realidad o ficción? ¿Qué fue verdad? ¿Qué no lo era? La risa se desvanece un poco con los azotes de la reflexión.

Por Jonathan Saldaña

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