Hotel Good Luck

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La admiración y el deseo de trabajar juntos hicieron que el dramaturgo y director Alejandro Ricaño y el actor Luis Gerardo Méndez se encontrarán para hacer teatro. A partir de largas sesiones de pláticas y confidencias con el actor, Ricaño construyó un monólogo que aborda el miedo de Bobby –un locutor de radio al que solamente escuchan sus papás y su mejor amigo, Larry– para aceptar la muerte.

Es 1975 y Bobby descubre un portal que le permite saltar de una dimensión a otra por obra y gracia de la física y la mecánica cuántica. Lo que desconoce es que cada vez que realiza un viaje, uno de sus seres queridos muere.

Pertenecientes a la misma generación, ambos talentos se reúnen por primera vez para aprovechar el prestigio que los dos han cosechado en sus respectivas disciplinas. Luis Gerardo quedó fascinado con el humor y profundidad de obras como Más pequeños que el Guggenheim y El amor de las luciérnagas, piezas que ahora son fundamentales para nuestro teatro. Por su parte, Alejandro recuerda al joven protagonista de puestas de distintos formatos como Avenida Q y Las relaciones sexuales de Shakespeare y Marlowe.

Acompañados de la música original y del delicado piano de Pablo Chemor –quien interpreta al terapeuta y mejor amigo de Bobby–, ambos ofrecen el resultado de una especie de laboratorio íntimo, habitado por la confianza y los temores compartidos.

“Cuando tuvimos el texto terminado e hicimos la primera lectura, hubo un momento en el que no pude continuar leyendo por la emoción que me provocaba. Eso es lo que  buscaba: la posibilidad de interpretar lo que está en su cabeza y en su sensibilidad”, confiesa Méndez.

Para Ricaño, este texto es parte de una nueva etapa de su joven y vasta producción creativa, la cual surge del miedo por no poder reinventarse, agotarse y repetirse. “Hace año y medio dije que no escribiría nada hasta que no tuviera algo distinto a lo que venía haciendo e hice dos obras que no son ni comedia ni humor negro”.

Una de esas obras es ésta. “Por supuesto que hay un sello, mis vestuaristas ya quieren que me mueva de los tonos cafés, por ejemplo. Hay cosas que se repiten, pero no por incapacidad, sino porque te gustan y quieres que permanezcan”, puntualiza Ricaño.

El ver a Ricaño y Méndez fuera de sus zonas de confort, arrojados a probar y comprobar sus teorías cuánticas y nostálgicas sobre la escena, es algo que, seguramente, será del agrado de un público que está ávido por verlos. 

Por Enrique Saavedra

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