Ilusiones

Teatro
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El amor, ese tema que está tan de moda en nuestros días, no escapa a ser reflexionado por cualquier generación, de cualquier sociedad, de cualquier continente. En un espacio y en un tiempo indefinido, dos parejas de la tercera edad se reúnen para ajustar cuentas y hablar del amor, pero no de cualquier clase de amorcito, sino del genuino, el verdadero, ese que sólo se alcanza en la reciprocidad y que ellos creen haber conseguido.

Escrita hace no muchos años por el dramaturgo ruso Iván Viripaiev, la obra presenta, a través de largos monólogos pronunciados por terceras personas, la revisión que dos parejas, Danny y Sandra, así como Albert y Margaret, hacen de sus matrimonios a partir de la presencia ineludible de la muerte, que los ronda y les recuerda que está próximo el final de las ilusiones que edificaron juntos, para el otro más que para sí mismos.

La principal petición de Viripaiev es que la obra sea interpretada por cuatro jóvenes actores que narren, a partir de la distancia, las historias de los cuatro ancianos. Pero precisamente la mayor apuesta de esta producción de la Compañía Nacional de Teatro es atender la propuesta de Mauricio García Lozano, quien consigue uno de sus más sólidos y deliciosos montajes gracias a la elección de un reparto de primer orden.

El montaje se construye con el exquisito aplomo de Adriana Roel, la dulce sabiduría de Ana Ofelia Murguía, la ternura entrañable de Ricardo Blume y la gracia inagotable de Farnesio de Bernal. Cuatro actores cuyo mayor mérito no es ser octogenarios, sino definitivos baluartes de la actuación en México. Verlos juntos en escena representa uno de los momentos más lúcidos de la historia de nuestro teatro.

Tan sólo cuatro sillas, un ligero telar y un chelo son los austeros e inteligentes elementos que enriquecen los monólogos y diálogos que, por su ingeniosa estructura y contenido, conectan con un público que no necesariamente debe ser octogenario, tal vez ni siquiera estar casado. Simple y sencillamente, haber vivido o estar viviendo la ilusión de eso que salva del callejón sin salida al que nos lleva nuestro egoísmo: el amor. 

Por Enrique Saavedra

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