La gaviota

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La gaviota
Foto: Cortesía de la producción La gaviota

En esta pieza nadie tiene lo que quiere. Y aunque la desilusión y el desencanto por las expectativas no cumplidas pesa como lápida sobre la vida de los 10 personajes que habitan la finca del noble Sorin, es imposible no reír ante las pequeñas tragedias que los conducen a la infelicidad. Al menos, la propuesta de Diego del Río y el equipo que lo rodea es recordar que, para Antón Chéjov, sus cuatro obras capitales eran meras comedias que reflejaban la decadencia de la burguesía rusa de principios del siglo XX.

La gaviota es la primera del cuarteto del autor ruso (Tío Vania, Las tres hermanas, El huerto de los cerezos) y Del Río pretendía que fuera su primera obra como director profesional. Pero, como digna broma chejoviana, el encuentro con este texto se aplazó, quizá aguardando a que este joven consiguiera la madurez que le han dejado montajes como El principio de Arquímedes, Master Class, Wit y el propio Vanya, primera obra del Proyecto Chéjov. “La obra habla sobre el teatro, el actor y los estilos de actuación. Esta versión, particularmente, exacerba esa parte”.

Para ello, Del Río propone un tono naturalista, por ello propuesta no tiene vestuario, los actores darán la función como lleguen vestidos ese día. ”La primera línea del texto, que está adaptado, es ”El teatro está aquí”. Y ese es el juego, el teatro está donde sea, siempre y cuando haya un espectador y un actor ahí. Siempre que se dé esta comunicación y este reconocimiento de almas puede suceder el teatro en cualquier espacio y el personaje aparecerá sin capas externas”, señala el director.

Una vez más, formará mancuerna con las escenógrafas Auda Caraza y Atenea Chávez y el iluminador Matías Gorlero. La producción es de La Rama de Teatro. Puntual director de actores, acierta en la elección de su reparto: Blanca Guerra, quien interpretará –desde otra visión y con otros elementos– a Arkádina, un personaje que realizó hace casi quince años. Junto a ella, Mauricio García Lozano, Odiseo Bichir y los jóvenes José Sampedro, Paulette Hernández y Adriana Llabrés cargan con personajes clásicos y entrañables que no hacen más que desear y, a pesar de no ver su deseo cumplido, seguir viviendo.

Por Enrique Saavedra

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