Las lágrimas de Edipo

Teatro, Drama
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Edipo, viejo y ciego, ha llegado al sitio que le indicó el oráculo para pasar sus últimos días. Con él va Antígona, el fiel lazarillo que es su hija y su hermana, pero también sus ojos y su alma rotos. Ambos han entrado en un teatro en ruinas y, desde allí, confrontan su propio mito con la realidad que les relata un joven que allí encuentran: afuera, en las calles, la gente se manifiesta en contra del asesinato de otro joven llamado Julio César Mondragón, estudiante de una escuela normal en una ciudad llamada Iguala.

Wajdi Mouawad, el dramaturgo que en México es más que reconocido gracias a los montajes que de sus obras ha hecho el director Hugo Arrevillaga, estuvo en nuestro país hace dos años y, además de dictar conferencias y dar entrevistas, se puso al tanto del conflicto suscitado por la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Movido ante la desgracia, entregó a Arrevillaga la más reciente de sus obras, con la petición de cambiar los referentes que la originaron –el asesinato de un joven en un barrio de Grecia– por los nombres y apellidos de la problemática nacional.

Lo que podría parecer un teatro panfletario, se convierte en una poderosa nueva colaboración entre el autor francófono, Hugo Arrevillaga y el traductor Humberto Pérez Mortera. La poesía de Mouawad ensambla el texto clásico de Sófocles con la actualidad de cualquier país del mundo actual. Edipo y Antígona reconocen su historia en la de Julio César y sus deudos, y viceversa. El montaje de Arrevillaga evade cualquier grandilocuencia trágica y va a la contención y a la intimidad. El dolor de una sociedad y la mirada del extranjero –aunque esté ciego– son desmenuzados por él y sus actores. Teatro de metáforas sutiles, bellas y devastadoras.

Edipo, Antígona y el Corifeo están representados por tres actores justos y sensibles: Ulises Martínez, David Illescas y la espléndida Vicky Araico. Los tres ayudan a Arrevillaga a reconstruir el mito y a apaciguar el dolor, guiados por los dioses de todos los tiempos, porque, lo dice Mouawad, los dioses aman a quienes emprenden una travesía a partir de la desgracia.

Por Enrique Saavedra

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