Los idiotas

Teatro
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Los idiotas
Foto: Cortesía de la producción

No importa que se llamen Ke y Ku, ni que se atrevan a incorporar en su viaje a una persona del público. En este par que camina hacia ninguna parte, que se arrastra el uno al otro en una silla desvencijada y que detiene su andar ante el vuelo de las aves, habita el alma de Vladimir y Estragon, los vagabundos de Esperando a Godot, obra cumbre de Samuel Beckett y el teatro del absurdo.

Esta obra es precisamente un sólido ejemplar, desde su dramaturgia hasta sus actuaciones, de lo que es el teatro del absurdo, movimiento que a mitad del siglo XX revolucionó a las puestas en escena contemporáneas al presentar personajes y situaciones en las que en apariencia no pasa nada y, sin embargo, pasa todo: el tiempo, la vida y la catástrofe. Todo eso que pasa y no, ocurre en el inteligente y delicado texto del uruguayo Carlos Liscano.

Plenos de gags delirantes que contrastan con momentos que tocan fondo al hablar del vértigo y la inmovilidad a los que obliga el sistema –cualquiera de Latinoamérica–, los diálogos de Liscano son potenciados por Dettmar Yañez, quien propone un montaje íntimo y ascético, apoyado en escasos y muy significativos elementos escenográficos y lumínicos que enlazan la vida, la muerte y la incertidumbre: la nada y el todo.

La mayor apuesta de Yañez como director está en sus dos estupendos actores. El absurdo es el verdadero realismo, es el estilo que, paradójicamente, retrata con mayor fidelidad un fragmento de nuestra rota realidad. Trabajos sobre el escenario como el que ofrecen Oscar Ixta y, sobre todo, el entrañable Daniel Bretón contribuyen a perpetuar, sea absurda o realista, eso que en el teatro tanto se precisa y agradece: la magia. 

Por Enrique Saavedra

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