Punto de cruz

Teatro, Drama
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 (Foto: Tania Victoria. Cortesía Secretaría de Cultura de la Ciudad de México)
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Foto: Tania Victoria. Cortesía Secretaría de Cultura de la Ciudad de México

No es muy bonito, pero sí del tamaño exacto para resguardar la inocencia y fortalecer el carácter de un niño que está a punto de entrar en la pubertad. Cada puntada de este suéter es un beso, un abrazo y también un regaño, un insulto, un manotazo o una nalgada. Es una prenda ordinaria que abriga el recuerdo de una abuela, quien prepara a su nieto para el día de su muerte.

Pasaron 10 años para que Hugo Arrevillaga llevara a escena el texto del dramaturgo Francisco Reyes, quien recurre a la autobiografía para contar una historia que desarma al espectador desde los primeros minutos. La ternura y la dulzura esperadas ceden ante dos personajes contrastantes y sumamente complejos, con una riqueza de emociones propia de la vida dura a la que se enfrentan en algún lugar de Oaxaca.

Lo que Arrevillaga presentó hace una década como una lectura dramatizada para apoyar el proceso de escritura de Reyes, se convierte en un evento íntimo. Recurre a una breve plataforma de madera sostenida por ladrillos, luces cálidas y sutiles y, ante todo, a un reparto único. A pesar de las altanerías del niño y los azotes de la vieja, la historia encierra un amor profundo e indeleble. Una marca de vida.

La lectura que el director hace de esta obra mexicana, empata con la visión que le ha ofrecido la dramaturgia de Wajdi Mouawad (Litoral, Incendios, Bosques, Pacamambo), al volver al tema de la infancia y el destino. “La infancia es un cuchillo clavado en la garganta”, dice la protagonista de Incendios. No dudamos que el nieto de esta obra pueda tomar también esta frase como un lema de vida.

El director aseguró que la demora en montar la obra se debió a que el texto estaba esperando a los dos actores que ahora le dan vida. Es verdad. El niño Armando Durán construye a su personaje a partir de las intuiciones y seguridades dadas por su talento y atención. Junto a él, Concepción Márquez, una actriz de dimensiones extraordinarias, nos regala una creación exacta y poderosa, la cual ayuda a entender que se trata de uno de los mejores personajes de nuestra dramaturgia contemporánea.

Por Enrique Saavedra

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