Ricardo III

Teatro, Shakespeare
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Cuando presenciamos alguna obra de William Shakespeare, no es precisamente para descubrir que alguien muere, sino para ver cómo lo hace en el montaje. En la imagen final de Ricardo III, los muertos de la guerra isabelina recuerdan a los caídos en la guerra mexicana. Los nobles que reinaron tantos siglos atrás, parecen no pedirle nada a los políticos que gobiernan actualmente.

Al menos, esa atmósfera es la que logra Mauricio García Lozano con su lectura de este drama histórico, que es el cierre de la tetralogía compuesta por las dos partes de Enrique IV y Enrique V.

La visión contemporánea del director es llevada hasta sus máximas consecuencias en el montaje, en el que ensambla el escenario isabelino, incorpora elementos populares, como el mambo y el bolero, y defiende la poesía que habita en cada verso, aunque muchos se traten de francos insultos o maldiciones.

Si algo es digno de disfrutarse en esta obra es precisamente la traducción de Alfredo Michel Modenessi. Sin embargo, hay algo en la adaptación del propio director que contrasta con ésta. Concretada por la escenografía de Jorge Ballina, la iluminación de Ingrid SAC y el vestuario de Mario Marín del Río, se antoja una acción más condensada para conseguir un efecto poderoso.

Como de costumbre, García Lozano se rodea de un reparto de primer orden, casi todos con sólidas trayectorias teatrales y algunos con un afortunado debut. Hay que agradecer la energía que todos suman sobre el escenario y que les permite ir y venir entre sus diversos personajes con pulcro desparpajo.

El único que no cambia de personaje es Carlos Aragón, quien construye un Ricardo III con todo el antojo –del actor y del director– para llegar al cliché e ir hacia el fondo de este ser siniestro, encarnación de la perversidad y la ambición por el poder. Un ser maligno, ciertamente, pero protagonista al fin y al cabo.

Por Enrique Saavedra

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