Cloud Atlas

Cine, Drama
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Cloud Atlas

La emoción de leer esta novela de diversas eras y de género versátil del escritor David Mitchell, titulada Cloud Atlas (2004), viene principalmente de su maestría estilística para el espectáculo: seis historias situadas en respectivos periodos de tiempo entre 1850 y un futuro distante, con cada cuento escrito en una forma diferente, desde una chapuza del revistero de un aeropuerto hasta una solemne ficción especulativa con su propio dialecto inventado.

Cinco de estos hilos se interrumpen a medio camino, sólo para resolverse a manera de muñeca matrioska después de que el sexto provee un centro narrativo reverberante. Los temas de opresión social, la transmigración de almas (representada a través de una compartida marca de nacimiento con la forma de un cometa) y sencillos actos de amabilidad haciendo eco a lo largo de las eras son secundarios para la función hipnótica de los platos giratorios de Mitchell. El estilo del autor con las palabras —la sensación de que, más allá de todo pastiche de experto, estás leyendo una historia siempre evolutiva de lenguaje humano— tanto exige como mantiene tu constante atención.

En contraste, la versión del proyecto fílmico (financiado independientemente) a cargo de los directores-coescritores Andy y Lana Wachowski (Matrix) y Tom Tykwer (Corre Lola Corre) poco hace para involucrar tu intelecto o tus emociones. Los cuentos del libro están fielmente traducidos, tiempo por tiempo: La saga marítima de siglo XIX, El Diario Pacífico de Adam Ewing, con Jim Sturgess interpretando a un enfermizo diarista; el melodrama situado en la década de 1930 Cartas desde Zedelghem, protagonizado por Ben Whishaw en el papel de un compositor reprimido; el calco de thriller paranoico setentero Vidas a medias: El primer misterio de Luisa Rey, con Halle Berry como una reportera entrometida; la picaresca, cómica y actual El abominable calvario de Timothy Cavendish, con Jim Broadbent interpretando a un editor en fuga; el sci-fi distópico del siglo XXII Una oración de Sonmi-451, con Doona Bae haciendo el rol de una replicante revolucionaria coreana; y la aventura aborigen postapocalíptica La travesía de Sloosha y El después de todo, con Tom Hanks personificando a un cabrero cobarde.

Sin embargo el lenguaje del cine tiene sus propias exigencias, y las soluciones con las que salió este trío obsesionado con Cloud Atlas al traducir el extenso tomo de Mitchell a la pantalla son sordamente literales. Las historias están entretejidas en un incesante tapiz de intercalación de tomas que, más que proveer una sensación de un momento de algidez, hace sentir como si estuviéramos viendo el más largo y laborioso clímax jamás filmado. (Una persecución de motocicleta en el futuro al estilo de Tron se mezcla con la jugarreta del escape de un asilo en el presente, luego todo colisiona con una desorbitada sinfonía en progreso en el pasado, etc.) Además, la decisión de lanzar a la compañía de estrellas a múltiples papeles —el rol principal en un cuento es un extra en otro, y así sucesivamente— nunca resuena del modo planeado, puesto que los actores están, con sus raras excepciones, sepultados bajo distractores protésicos y kilos de maquillaje.

Tomaría a un Peter Sellers o una Meryl Streep para encontrar el tejido conectivo bajo todos los rasgos y el látex alterante de cromosomas; debería ser muchísimo más divertido ver a Hugo Weaving (un tipo de villano en cada relato) actuando con afectación como una enfermera demoniaca que dominara dictatorialmente al editor de libros de Broadbent en Cavendish. En su lugar, los Wachowskis y Tykwer ponen toda la carne en el aturdido Hanks como el alma central alrededor del cual todos los demás rotan. Su viaje desde un envenenador de pútrida dentadura en  El diario pacífico hasta el miembro de una tribu en busca de redención en Sloosha se supone que sea la espina emocional de la película. No obstante, Hanks jamás va más allá de un artificioso disfraz, como lo hizo comparativamente con su papel en el sumamente menospreciado remake de los hermanos Coen de nombre Ladykillers. En el mejor de los casos es insulso, en el peor es embarazoso; la afortunadamente breve aparición del actor como un irascible autor asesino de críticos en Cavendish es el nadir donde escondes tu cabeza de la vergüenza.

Los otros actores están paralizados de manera similar por todo el maquillaje y el retoque; únicamente Whishaw genuinamente lo logra como el protagonista suicida de Zedelghem. Pero las diabluras de enfocar de más al actor al menos nos dan una fuente constante de entretenimiento: ¡Mira! ¡Ahí está Sturgess haciendo de chinito! ¡Y Berry como una esposa blanca judía! ¿No es Hugh Grant haciendo de caníbal a machete empuñado? ¡Nació para hacer ese papel!

Burlas a un lado, lo que los Wachowskis y Tykwer tratan de hacer es tan claro como el cristal, una especie de parábola épica acerca de la transgresión y trascendencia de las rígidas normas sociales. Espera varias piezas en qué pensar, paralelas al género de la película y el intercambio racial teatral a partir de la misma transexualidad de Lana. Sin embargo, nunca sientes, como lo haces con la prosa de Mitchell, que los directores tengan un entendimiento vital de los variados géneros, ni de los profundos temas que pueden brotar de incluso las formas más básicas de la narración. En vez de eso, estos cuentos discrepantes se han revuelto apáticamente con la esperanza de que algo sustancial emerja. Para todo el parloteo pseudorevolucionario de Cloud Atlas acerca del derrocamiento del “orden natural,” la ejecución no podría ser más cuadrada.

 Traducción: Gerardo Zaragoza

Por Keith Uhlich

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