Comando especial

Cine, Acción y aventura
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Comando especial
Jonah Hill, left, and Channing Tatum in 21 Jump Street

Vamos a ser claros desde las primeras líneas: Comando especial es la mejor comedia de lo que va de 2012. Es una sorpresa fílmica que se respalda en un sentido del humor crudo y políticamente incorrecto para atacar a un público arraigado en la cultura pop de los 90. Su principal atributo cómico va más allá de los gags ambientados bajo la escuela de chistes de Judd Apatow de la cual el actor/productor/co-guionista, Jonah Hill, es un fiel alumno: el filme se encarga de mofarse de toda esta marejada de remakes y reboots (categoría dentro de la cual clasifican) que han hundido a Hollywood en una falta de originalidad en los últimos años.

La película, de Phil Lord y Chris Miller (Lluvia de hamburguesas), está basada en la serie homónima (21 Jump Street en inglés) de finales de los años 80, famosa por ser el trampolín mediático de Johnny Depp, acerca de un par de policías encubiertos que deben regresar a la preparatoria para resolver diversos casos criminales. Este argumento es el mismo que fundamenta a Comando especial, con un par de diferencias: a) Jonah Hill y Channing Tatum poseen una química abrasiva e hilarante (que no se había visto desde la dupla Gibson-Glover de Arma mortal) que vuelve a colocar como un producto de entretenimiento al arquetipo de “pareja dispareja” y b) mientras que el programa de TV estaba orientado a un público familiar y se criticaba el uso de drogas, bullying o alcoholismo, la película es cínica sobre estos temas y solamente quiere contar la historia de estos oficiales que irónicamente deben madurar cuando regresan a la escuela. Los estereotipos con que crecieron se han traspalado: Hill, un nerd que imitaba a Eminem, ahora es el chico popular, mientras que Tatum, con su cuerpo de modelo, ha sido recluido a las castas más deplorables de la estructura social de la prepa: “Esto no es natural. La culpa es de Glee, ¡Vete al carajo, Glee!”

Una película honesta consigo misma: no pretende hallar una fórmula original, ni tampoco emplear la crítica social para generar empatía; su único fin es narrar una historia con tintes de nostalgia y diálogos dignos de un sketch de SNL. Es de las pocas cintas que merecen una secuela.

Por Josue Corro

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