Curvas de la vida

Cine, Drama
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Curvas de la vida

Woody Allen alguna vez dijo, en su cinta Zelig, “amo el beisbol. A veces no tiene que significar algo, verlo es simplemente hermoso”, pero para Gus Lobel, un viejo cazatalentos de los Bravos de Atlanta, este deporte no sólo se puede percibir a través de los ojos, también se siente, se escucha y se muere por él.

Lobel ha sido uno de los artífices del éxito de su club, pero ahora es visto como anticuado y deplorable por los nuevos dueños del equipo que tratan de “adelantar su plan de retiro” si no les presenta un nuevo jugador en los meses que le quedan de contrato.

Su jefe, quien conoce su particular condición médica, le pide a la hija de Gus, Mickey, que acompañe a su padre a una última misión: reclutar a un fenómeno de 17 años en un pequeño pueblo del sur de Estados Unidos. El único problema es que la relación entre ambos tiene más de dos décadas de conflictos, odios y resentimientos.

Lo mejor del filme (cuya única gran sorpresa es que no es dirigida por Clint Eastwood, sino por su productor de cabecera, Robert Lorenz), son las actuaciones de los dos protagonistas: Eastwood interpreta a un hombre de edad avanzada, malhumorado y cuya única meta a corto plazo es estar fuera de su rutina doméstica. Por su parte, Mickey (Amy Adams, extraordinaria en una mezcla de mujer independiente y una Wikipedia de beisbol), acepta la misión de estar con su padre no por amor, sino para encontrar su propia redención al recriminarle asuntos del pasado y hallar una paz fraterna.

Lorenz, aunque trate de imprimir su propia visión al filme, no puede negar la influencia visual, técnica y narrativa de su mentor. Afortunadamente, hay momentos en que se escapa de la sombra de Eastwood al brindar subtramas que lo catalogan como un estudioso de su profesión y del beisbol: guiños a Moneyball, el homenaje a Bull Durham a través del personaje de Justin Timberlake, un jugador que nunca pudo triunfar por un lesión, mucho más interesante tanto para aficionados al beisbol. Aunque estos sean tan predecible, cursis y empalagosos que Curvas de la vida parece una cinta moralista de los años 50, donde aquellos que están en contra del destino de los protagonistas son condenados, y sus amigos son glorificados entre sonrisas y abrazos con los ojos a punto de estallar en lágrimas.

El problema no está en la curva, está en el guión. 

Por Josue Corro

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