Moonrise Kingdom

Cine, Comedia
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Moonrise Kingdom

Existen casos aislados, casi milagrosos en que una película se vuelve un cuento de hadas de carne y hueso. O mejor dicho, casos en que una novela se puede percibir con todos los sentidos y te sumerge en un mundo surreal, un pequeño universo de fantasía donde conocemos el romance de un par de niños de 12 años, Sam y Suzy que en septiembre de 1965, deciden escaparse, él de su campamento, ella de su casa, y vivir aislados en la bahía de una isla de Nueva Inglaterra.

Moonrise Kingdom representa algo mucho más grande y elocuente a lo que se ve a primera vista: no es una historia pueril de rebeldía, es una tragicomedia donde la edad es sólo una excusa para retratar los miedos y anhelos más básicos del ser humano, a través de la libertad tanto sentimental, como creativa. Wes Anderson presenta una de sus cintas mejor logradas e inteligentes junto a The Royal Tenenbaums, y logra una amalgama de todos sus trabajos reunidos en una sola pieza: contiene la disparidad emocional y excéntrica de Bottle Rocket, la esencia coming-of-age de Rushmore; el cataclismo familiar de The Royal Tenenbaums y The Darjeeling Limited; la narrativa musical usada en The Life Aquatic, así como la raíz fotográfica de Fantastic Mr Fox.

La cinta es un artificio de complementos estéticos y conceptuales que si bien, se presentan de una forma predeterminada y consciente, el resultado es elocuente y temperamental. Sam y Suzy son dos personas que en el proceso de madurez, encuentran compañía dentro de su soledad, y al mismo tiempo, se vuelven un elemento catártico para que otros personajes vivan su propia epifanía existencial. Su relación quimérica e inocente es la contraparte de la melancolía de los adultos que los rodean: Sam es un huérfano cuyos padres adoptivos ya no quieren que viva en su casa, por lo cual será enviado a un reformatorio y por culpa de un malentendido recibirá terapia de electroshocks; Suzy, vive en un estado depresivo originado por el matrimonio fallido de sus padres (infidelidad, desapego), quienes además, le han hecho creer que tiene trastornos de personalidad.

Anderson y su co-guionista, Roman Coppola hallan esta falta de cariño como fuente de inspiración. Sam y Suzy en su afán de encontrar algún lazo afectivo se sienten obligados buscar una aventura donde juegan a ser adultos y condenar el hecho de que otras personas: padres, servicio de seguridad social, policías o jefes de campamentos, tengan que regir su destino (el flashback en que vemos cómo inicia su amistad por medio de cartas y planean su huida, parece relatar la historia de dos personas escapando de una prisión). Tal vez por eso, ambos están entre dos mundos: él pretende ser hombre, un proveedor rústico que puede pescar y construir un refugio mientras fuma una pipa, pero al mismo tiempo le advierte a Suzy que corre el riesgo de orinar la cama; ella por su parte, utiliza maquillaje, perfume y le pide a Sam que le dé un beso francés; sin embargo esta actitud precoz contrasta con su fanatismo por leer cuentos infantiles y su obsesión por observar todo a través de unos binoculares (“me gusta ver cosas que los demás no pueden, siento que es mi super poder”). Eventualmente, Sam y Suzy son descubiertos y separados, entonces Anderson y Coppola utilizan el viejo truco del deus ex machina que propicia un último acto plagado de comicidad y surrealismo que no se siente forzado, sino como un retrato que acentúa el sentido reiterativo de que Moonrise Kingdom es en efecto, una cinta mágica.

Hablar sobre la maquinaria visual de Anderson es desinhibirse en elogios y en la búsqueda momentánea de detalles imperceptibles, pero que como espectador, sabes que forman parte de un imaginario estético y memorable: el uso del color en tonos ocre y las tomas cenitales  reflejan la forma en que el director quiere que percibamos la cinta: como si fuera una fantasía literaria e incluso, como un diorama (la primera escena donde conocemos el hogar de los Bishop, recrea la forma en que miramos una casa de muñecas: con nuestros ojos recorriendo minuciosamente cada habitación).

Moonrise Kingdom es un homenaje bien construido y justificado por parte de Wes Anderson a la literatura juvenil, a sus propias obras, al cine como propulsor artístico para crear mundos imaginarios (o escapar a ellos), y sobre todo al primer y único amor, aquel que sientes tan real que puede inspirar a una película que marcará este 2012 y se convertirá en una de las mejores de este año.

 

Por Josue Corro

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