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Cine, Drama
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Para Pablo Larraín, la dictadura con la que creció durante la década de los 80, no fue sinónimo de miedo, sino de inspiración (y muchas veces, la dulzura del arte es encontrar la belleza dentro de la tragedia): su nueva cinta, No, cierra magistralmente su trilogía centrada en la transformación social de Chile, después del golpe de estado de Augusto Pinochet.

Al igual que en sus cintas anteriores, Tony Manero y Post Mortem, Larraín se enfoca la ambivalencia de un régimen sobre la vida de un hombre, en este caso, sobre René Saavedra, un publicista que después de estar exiliado en México, regresa y se vuelve en el responsable de orquestar la campaña en contra de la permanencia del gobierno. Saavedra reúne a un equipo que basa su mensaje político en un sentimiento (la felicidad), en lugar de la denuncia sobre la violencia y el régimen sangriento. El resultado es una campaña sustentada en imágenes publicitarias y no en ataques directos a sus adversarios. La única estrategia de combate por parte del partido dictatorial, es amedrentar a René y al resto de su equipo.

Es justo este rubro donde No (basada en una obra de Antonio Skarmeta), se distingue de otras cintas de corte político, al cargar el guion en las relaciones interpersonales y el poder de la publicidad como objeto de manipulación masiva; sin embargo, Larraín falla en dirigir su película hacia terrenos mucho más pedregosos y críticos sobre el ambiente hostil que se vivía en Chile a finales del régimen de Pinochet.

Pero, en donde el director no tiene yerros es en la forma en que presenta visualmente su obra: filmada en formato de video U-Matic, le provisiona un look vintage que permite una mezcla adecuada entre la realidad, e imágenes que recuerdan comerciales de plagados de luces neón, coreografías y estética de los años 80. Esta textura en la fotografía permite una cercanía a la historia y a la vida de los personajes, desde un punto de visto mucho más documental, que enraizado en la ficción. De hecho, otro de los grandes aciertos es el uso de distintas personalidades que actuaron directamente en las campañas del referéndum, reinterpretando los roles que asumieron hace cerca de 25 años.

Al hablar sobre actuaciones, Gael García ejerce uno de sus mejores trabajos al darle vida a Saavedra. Su papel, mezcla entre estoicismo e indiferencia, representa el cambio generacional entre la antigua guardia de la izquierda chilena (enfrascada en el rencor y en artimañas anticuadas) y los nuevos activistas que ven la apertura mediática y social, como un terreno de oportunidad. Larraín, al igual que su Saavedra, exploran el lenguaje audiovisual como una libertad.

Por Josué Corro

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