Pina

Cine
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Pina

A mediados de los años 80, Wim Wenders se acercó a la coreógrafa Pina Bausch para trabajar juntos. Estos íconos modernos del arte alemán, en lugar de iniciar una colaboración, forjaron una amistad que casi un cuarto de siglo después por fin iba a rendir frutos en una película. Desafortunadamente, el proyecto nunca fraguó: Bausch fue diagnosticada con cáncer y murió a los pocos días. Wenders, notablemente deprimido, decidió abandonar la cinta; sin embargo, la compañía de danza de Bausch (Tanztheater), convenció al cineasta de colocarse detrás de cámaras y filmar un homenaje sobre la vida de la coreógrafa.

Wenders realizó algo más: un homenaje a la danza, al poder curativo del arte, y sobre todo, una revolución visual en los documentales.

Pina es una experiencia sensorial que inicia desde su concepción: Wenders no utiliza el 3D como un capricho; es un narrador, un personaje que nos envuelve en las coreografías. El director tuvo la idea de utilizar esta tecnología luego de presenciar U2 3D, y analizar la profundidad que tenían las cámaras sobre los escenarios. Al final de cuentas, un concierto y una puesta en escena ocupan un mismo espacio geográfico con respecto al público. Tampoco es coincidencia que con meses de diferencia, otro par de directores de culto decidieran explorar terrenos dimensionales: Martin Scorsese, con Hugo, y Werner Herzog, con su propio documental, La cueva de los sueños olvidados.Estamos viviendo el momento degloria del 3D.

A lo largo de su carrera, Wenders ha sabido navegar con sutileza por la vida privada y profesional de un puñado de personajes que ha retratado en otros documentales como Lightning Over Water (sobre el director Nicholas Ray), Notebook on Cities & Clothes (enfocado en el diseñador Yohji Yamamoto) y en el más conocido, Buena Vista Social Club.

Pina es su mejor trabajo en este género, al hallar un balance entre el retrato de artístico de una persona y la grandilocuencia técnica. La estética visual –encuadres simétricos, tonalidades cálidas y la cámara fija–, aunada a la maestría del director para acercarnos a los bailarines, emula, y por momentos supera, a un espectáculo teatral en vivo. Pina, conforma una evolución sensorial del cine.

Uno de los elementos notables del filme, es el montaje de Wenders, armado de tal forma que el aparente caos (el documental carece de una estructura clásica: planteamiento, desarrollo y desenlace), se vuelve una herramienta fílmica para transmitir sentimientos. La cinta está constituida por una serie de viñetas sin orden cronológico, donde vemos indefinidamente entrevistas con discípulos de Busch, quienes en voz en off relatan cómo fue trabajar con ella; sin embargo, sus intervenciones no duran más que unos segundos, porque sus mejores argumentos los expresan con su cuerpo. La única forma de narrar una biografía de Pina era a través del movimiento.

Los bailarines vuelan frente a la cámara y nos hacen partícipes de su rutina. El director nos toma de la mano y transporta a los diversos escenarios donde se desarrolla la cinta –teatros, parques, autobuses, calles, fábricas– y logra que el trabajo de Bausch trascienda más allá de una pantalla. Los fotogramas se vuelven una especie de herencia que hipnotiza.

El ejemplo más claro ocurre durante la secuencia de “Café Muller” (pieza que se hizo famosa gracias a que Almodóvar la utilizó en Hable con ella), donde los bailarines parecen salir de un cuadro expresionista que dota de una fortaleza atemporal a toda la secuencia.

Wenders imprimió en Pina un matiz de lecturas, la más fascinante es cómo la película se desdobla y convierte en un tributo a posteriori, donde la danza se vuelve una analogía entre la memoria y el olvido: un testamento que comprueba que el arte es la única herencia capaz de vencer a la muerte.

Por Josue Corro

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Detalles del estreno

Reparto y equipo

Director Wim Wenders
Reparto Pina Bausch
Regina Advento
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