Heisenberg

Teatro
Heisenberg
Foto: Cortesía de la producción

En México ya conocíamos el trabajo de Simon Stephens, uno de los más destacados dramaturgos de la Inglaterra actual, gracias a la adaptación teatral que realizó de la célebre novela El curioso incidente del perro a medianoche. Desde aquella obra, pudimos apreciar la capacidad de Stephens para adentrarse, de una manera sencilla y directa, a las zonas más complejas e intrincadas de las relaciones entre seres humanos. Por eso, aunque Heisenberg apela desde su título al “principio de incertidumbre” formulado por el físico alemán Werner Heisenberg en 1927, las pocas certezas que aquí se dan incumben a una excéntrica recepcionista de una escuela y a un modesto carnicero.

La traducción de Paula Zelaya Cervantes y Ana González Bello nos ubica en Londres y nos presenta a Georgie y a Alex, quienes pasan de ser dos absolutos desconocidos en una estación de tren a convertirse en una especie de pareja cuyas intenciones poco a poco se van develando y construyendo un drama agridulce sobre el encuentro de una soledad con un vacío en la búsqueda de algo: de certidumbre, tal vez.

Tras ver la obra en Nueva York –en donde tuvo una breve temporada en 2016 luego de su exitoso estreno en Londres en 2015–, Mónica Huarte adquirió los derechos para poder personificar a la enigmática Georgie. Y para ello, reunió a un equipo sólido encabezado por el director y cineasta Antonio Serrano, quien logra un montaje que matiza lo patético de la situación con ternura, melancolía y un dejo de esperanza.

Sin embargo, la puesta en escena no logra ser redonda debido a que parte de la propuesta de escenografía de Javier Ángeles consiste en una inexplicable vitrina de vidrio que separa el escenario de las butacas, obligando a los actores a usar micrófonos y a actuar en un estilo más cercano al de la televisión que al teatro, lo cual provoca un instantáneo e involuntario distanciamiento entre el público y lo que sucede en escena. Aun así, la iluminación de Félix Arroyo y el vestuario de Gabriela Fernández sí le hacen justicia al trabajo de los dos actores.

Si bien Mónica Huarte resuelve con su ya trabajado don para la comedia a la desafortunada Georgie, quien aprovecha todas las oportunidades que el texto, el director y la producción misma le ofrecen es Fernando Larrañaga, un actor que no necesariamente figura dentro de los nombres más comunes de nuestro teatro y que aquí demuestra que debe estar incluido entre los mejores y entre los célebres. El Alex de Larrañaga está compuesto en cada gesto y cada palabra por una reunión de dulzura, nostalgia y anhelo que nos hace comprenderlo y, a la vez, preguntarnos el porqué de cada una de sus decisiones. Una de las actuaciones más generosas y delicadas de éste 2017.

Lo más plausible de esta producción es el empeño que tiene el equipo de La Teatrería en seguir trayéndonos un teatro reciente e importante que desde la sutileza y elegancia de su escritura nos habla de nosotros en estos tiempos: de nuestras relaciones, de nuestras pocas certezas y nuestras constantes incertidumbres.

Por Enrique Saavedra

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