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Entrevista con Lance Wyman

El Museo Universitario de Arte Contemporáneo presenta una exposición dedicada al diseñador responsable de los íconos del Metro. Platicamos con él sobre su trabajo y su relación con México

 (Foto: Alejandra Carbajal)
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Sin duda el trabajo de Lance Wyman ha cambiado el modo en el que nos relacionamos con las grandes urbes en la modernidad. Sus emblemáticos diseños -que buscan simpleza y efectividad para comunicar- son un punto de partida y referencia obligada para los diseñadores. Hablamos con él acerca de su obra y su relación con nuestro país.

Has trabajado aquí para distintos proyectos. ¿Cómo comenzó tu relación con México?

Cuando Eduardo Terrazas recibió la llamada del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez para coordinar el programa de los Juegos Olímpicos de 1968, él estaba conmigo en Nueva York. Eduardo me contó que no sabían qué hacer con el diseño, pues en ese momento el diseño gráfico era una profesión muy nueva también en Estados Unidos, quizá solamente teníamos una ventaja de 10 años. Le pregunté cómo lo iba a solucionar y me dijo que habría un concurso en el que los diseñadores irían a México por dos semanas a elaborar y presentar sus propuestas. Hablé con Peter Murdoch para trabajar juntos y llegamos en noviembre de 1966. Ese fue el comienzo de todo.

Suelo bromear diciendo que la primera vez que vine todo lo que sabía es que tenían piñatas. En mi primera visita, pasé mucho tiempo en el Museo Nacional de Antropología. Cuando vi lo que hacían las culturas precolombinas en cuestiones de gráfica y diseño me di cuenta de que ellos han sido los mejores diseñadores gráficos de la historia. Usaban la geometría, el humor e identificaban con gran claridad el concepto que querían plasmar para hacer una imagen. Ver las cosas hermosas que creaban fue de mucha utilidad para mí.

Los gráficos de las Olimpiadas son emblemáticos y conocidos alrededor del mundo. ¿Cómo desarrollaste la idea?
Teníamos que trabajar con los cinco aros olímpicos, y lo que descubrí es que podía usarlos para generar el 6 y el 8. Al principio parecía complicado porque tenía que poner los números muy juntos, así que no estaba seguro de que funcionara. Me di cuenta de que había surgido una forma muy distintiva. Entonces hice lo mismo con las letras de "México" para que tuvieran el mismo estilo que el 68. Ahí ocurrió la magia.

También hiciste la señalética para el Metro de la Ciudad de México. Háblanos un poco al respecto.
Mientras hacía los gráficos para las Olimpiadas trabajé también con el arquitecto Ricardo Legorreta en el diseño del hotel Camino Real. Yo quería quedarme en México y tenía algunas ideas para el logotipo del Metro, así que le pregunté a Ricardo si conocía a alguien a quien pudiera mostrarle mi proyecto; resultó que sí y me contrataron.

Foto: Alejandra Carbajal

¿Qué es lo que buscas al crear un ícono urbano (una imagen simple y al mismo tiempo evocadora)?
Necesitas un concepto. Lo que uno busca es una forma de comunicar, de resolver un problema. El primer paso, entonces, es entender cuál es el problema.

Has realizado proyectos en distintas ciudades del mundo y tu trabajo ha creado un vínculo entre el diseño y el urbanismo, ¿cómo crees que se conjugan estos dos campos?
Hay distintas áreas que intervienen en la iconografía, que es en lo que me he especializado. Siempre me interesé en una parte distinta al diseño universal -que busca que todas las señales de un baño se vean igual en todo el mundo, la cual no me parece una expresión humana entrañable-. Además, no puedes utilizar eso para solucionar problemas específicos. Existe otro nivel: debe trasmitirse un sentido de localidad y de cultura.

¿Cómo crees que ha cambiado el diseño gráfico desde 1968?
Es una pregunta interesante porque no creo haya cambiado nada. Con lo del 68 resolvimos un problema de una manera muy directa, pero el proceso es el mismo: buscas la sustancia, un concepto significativo. Cuando decías que se trataba de hacer las cosas simples, sí, en efecto, hay que simplificar para acercarse a la comunicación pura. Llegas a una forma en que las cosas están en su estado puro, como en la poesía, y entonces ya no puedes cambiar nada: funciona o no. Ocurre lo mismo con la música: ¿de dónde vienen las melodías?, no importa, pero cuando encuentras una que funciona, ya está.

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