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Entrevista con Alejandra Labastida

Platicamos con la cocuradora de la exposición Teoría del color que se presenta en el Muac

 (Foto: Alejandra Carbajal)
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Con la exposición Teoría del color se invita a una reflexión sobre cómo opera el racismo y cómo está condicionada nuestra mirada frente a este fenómeno. La cocuradora de esta muestra colectiva profundiza en este tema.

Es una exposición que no te deja indiferente. ¿Se pretendió desde un inicio que tuviera este efecto? ¿Se quería sensibilizar o abrir una discusión en torno al racismo?
Es un tema sensible, pero del que en general se habla poco. Parte de la urgencia de hacer la exposición era darnos cuenta de cuántas manifestaciones había en redes sociales sobre el racismo e, incluso, en muchos contextos de nuestra cotidianidad. Al mismo tiempo, se combina con una especie de discurso nacional basado en esta idea del mestizaje. Pareciera que hay una opacidad en este tipo de manifestaciones y que esta idea de que 'todos somos mestizos' nos protegiera de la lógica racista.

Como si estuviéramos exentos...
He oído a mucha gente que dice eso: "Ese es un problema de otros países; aquí no hay racismo". Creemos que es algo de lo que se tiene que hablar y que precisamente por esta situación de opacidad, la forma de abordarlo tenía que ser bastante directa y casi irreverente o políticamente incorrecta.

¿Abrir el tema desde una forma más visceral?
Sí, casi a nivel visceral y hablar desde diferentes aspectos y contextos. En ese sentido, la exposición se enfoca más en mostrar cómo se construye la mirada racista, para que la gente se dé cuenta de eso y de cómo de alguna forma todos participamos.

Cada artista no s
ólo propone una pieza aislada, sino que en muchos casos son realmente proyectos de investigación.
Sí, es otra de las premisas. Hay una lógica racista que se repite y que tiene un fundamento. Nos interesaba presentar todos estos casos. Por eso son artistas de contextos geopolíticos muy diferentes. Puedes darte cuenta de que aunque persisten ciertas operaciones, cada caso es singular y tiene una relación histórica y geopolítica diferente, por lo que se construye desde otra manera.

Cuéntame más sobre la estructura de la exposición, hay un esquema a partir de colores y distintos imaginarios sobre la pigmentación de la piel.
Son tres núcleos imaginarios que responden a la estructura museográfica de la exposición. En la primera sala está el imaginario blanco sobre el negro. Se concentra en artistas internacionales (sudafricanos y europeos), quienes tratan con este imaginario claramente colonial del blanco y cómo construye al negro. En la segunda sala, nos empezamos a mover hacia Latinoamérica, aunque no es exclusivo, pero ahí se trata el imaginario criollo sobre el indígena. Y un último momento en la exposición, con la pieza de Kader Attia, que hace una especie de abstracción y habla de esta idea de la construcción del otro, aunque no como humano.

Es interesante ver cómo el arte cruza o toca temas sociales. En esta muestra hay una fuerte carga de investigación sociológica y antropológica. Pero de una investigación se pasa a la obra de arte. ¿Cómo ves este tema?
Todas son piezas, no son productos académicos. La idea de la exposición era abrir este tema desde el campo cultural y la experiencia estética. Alrededor de la muestra hay un programa académico; está el catálogo, en el que los textos son de teóricos especialistas en el tema. Hay un seminario escolarizado, talleres y conferencistas invitados. Varios de los artistas trabajan desde la investigación; son académicos al mismo tiempo.

Sin embargo, al final somos un museo de arte contemporáneo y lo que nos interesa es ver si la pieza detona algo. Aunque haya esta relación, sí puedes ver claramente la diferencia de los lenguajes y qué aporta cada uno.

¿Cómo se hizo la selección de las piezas y los artistas? ¿Fue un proceso de los tres curadores?
Eso es algo que estamos trabajando en el museo: la idea de colaborar. Hay una noción de la curaduría bastante ególatra y concentrada en la autoría. Parte de lo que ha traído el curador en jefe Cuauhtémoc Medina es hacer un ejercicio diferente; todo lo que producimos internamente lo hacemos en equipo. Ha sido muy rico, porque cada quien tiene diferentes acercamientos. En un primer momento, la investigación se concentró en México, se decidió hacer una revisión sólo de los últimos 10 años, después se amplió a Latinoamérica y, finalmente, a nivel internacional.

¿Hay alguna pieza que te hay impactado mientras investigaban?
Algunas de las piezas más discretas son incluso más potentes. Por ejemplo, la pieza de Daniela Ortiz de las 97 empleadas domésticas. Es como un álbum fotográfico, son fotos que bajó de Facebook, en Perú, de familias adineradas, acomodadas. En una primera instancia ves una serie de fotos familiares de bebes (blancos, güeros) pero luego te das cuenta de que, en cada una de esas fotos, hay fragmentos de cuerpos que los están sosteniendo. Son los cuerpos de las empleadas domésticas, de otro tono de piel, y están siempre fuera de foco, fragmentadas o cubiertas. Es fácil decir, en Sudáfrica tuvieron el Apartheid pero no es sólo eso; es ver cómo operan tus relaciones laborales, relaciones íntimas, con distintas poblaciones en tu cotidianidad. Cuando te das cuenta y vuelves a ver todas las fotos y ves el cacho de brazo o de pierna... ¡es fuertísimo!

Otra que fue importante para mí, durante la investigación, fue una de las piezas del artista sudafricano Anton Kannemeyer. Es una escena de una mujer blanca en una revisión ginecológica con un doctor negro. Cuando la vimos primero, dijimos: "no, está muy fuerte, no la podemos poner". Luego pensamos que, en realidad, está provocando esta reacción, pues no hay nada racista en la escena. Es una revisión ginecológica, eso es lo que es.

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