Estrella y media

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Estrella y media

Hay que ser de mente abierta para atreverse a ver esta ácida comedia tipo soft porn, inspirada en el vacío, la insatisfacción y el desencanto de las relaciones “amorosas” contemporáneas.

En un sórdido cuartito de hotel –de estrella y media-, desfilan un par de parejas sexuales cuyas historias se cruzan hasta convertirse en orgía swinger. Como en toda película porno, donde la trama es simple, la fantasía arquetípica y al grano, aquí sucede algo similar: la acción dramática se entrama en la escena de seducción, en la del coito (simulado) o en la charla postcoito; y es entre besos, caricias y diálogos nada refinados, donde los personajes exhiben sus relaciones, confusiones e insatisfacciones. Fuera del cuartito, en su vida ordinaria, Sebastián, Anabel, Esther y José son personajes funcionales, exitosos y “morales”. Dentro de él, los cuatro exploran obscenas pasiones para salir del aburrimiento y la rutina de pareja. Básicamente es una obra sobre la inexistencia del amor romántico, el vacío y el aburrimiento contemporáneo. Como si en el alma humana, a estas alturas de nuestra existencia, ya se no encontraran más recovecos interesantes.

Hiram Molina, autor de la obra, tiene un estilo de comedia irreverente, escandaloso e impúdico, sin autocensura. Las anécdotas y personajes de sus textos son siempre rebasados por los embistes del autor hacia una humanidad insípida, de ideales perdidos, que se autodestruye.

Pero algo pasa en la forma en la que la obra es llevada a escena que el tono no termina de cuajar. No hay una decisión contundente del director que asuma un estilo propio y original y que aporte más al texto. La escena se aguada. Hay poca búsqueda en la cadencia, el timing, la energía y los matices que demanda la eficacia del humor.  De igual forma, la dramaturgia no se arroja a fondo en su dilema moral y se ubica en un cómodo cinismo, al que le hace falta indagar con mayor fiereza las perversiones, roles sexuales, apegos enfermizos y necesidades sociales de los personajes; sobre todo en las de los personajes sometidos, por ejemplo, cuya tendencia a victimizarse resulta simplista y poco justificada. Es la actriz que interpreta a Anabel, Guadalupe Ocampo, quien alcanza el tono que probablemente la obra pide a gritos. Guadalupe encontró cómo ridiculizar y encontrar verosimilitud tanto a los caprichos característicos de su personaje, como a la voz del autor.

Con humor desvergonzado, la obra desenmascara al espectador lo siniestro de las relaciones humanas. Un teatro que suscita risotadas y sacude toda doble moral.

Por Silvia Ortega

Publicado

Sitio web del evento http://www.teatrolacapilla.com
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