La Cenicienta

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Humilde, bella, graciosa, amable, envidiada por sus terribles hermanastras (interpretadas por toscos varones) y la mujer perfecta del príncipe azul. Es Cenicienta. Si las palabras y la repetida historia no han sido suficientes para convertirla en una de las princesas máximas, sí lo ha hecho el mundo fantástico en el que habita.

La Compañía Nacional de Danza monta el viaje al mundo encantado de Cenicienta, con música de Sergei Prokófiev y coregrafía de Ben Stevenson, en una puesta que cuenta con más de 70 bailarines en escena.

Una narración cómica para toda la familia, en la que los niños ríen y, las niñas, por supuesto querrán con fervor coronas de brillantes, para hacer juego con sus nuevas zapatillas de ballet.

Es una de las historias más arraigadas a la técnica clásica de ballet. Su estética es grácilmente interpretada por ligeras bailarinas que se acercan al ideal de princesa, gracias a sus glamurosos vestuarios diseñados por René Durón.

La escenografía teatral y dramática junto con la iluminación, a cargo de Rafael Mendoza, crean la atmósfera perfecta para que las hadas, los vestidos y los sollozos de Cenicienta (que son muchos) nos remitan a ese cuento que siempre quisimos vivir, aunque sea un poco.

Es una obra en tres actos que dramáticamente llevan al suspenso en sus dos intermedios. Con una duración de dos horas, los bailarines van de actuaciones burlescas a danzas líricas de ensueño. Es ideal para niños y para el romántico sin control que llevamos dentro. Eso sí, si las princesas, los clichés y la cursilería no te van, es mejor no asomarse.

Por Daniela Martínez

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