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Música para niños: de Salzburgo a Nueva York

Mientras los expertos discuten sobre el efecto Mozart, descubrimos que lo que les prende son los Ramones

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Hace 20 años, la revista Nature publicó un estudio donde se postuló que escuchar a Mozart –específicamente, el primer movimiento de la Sonata para dos pianos en re mayor K 448– fomentaba el desarrollo de las capacidades intelectuales en niños menores de tres años. Con el tiempo se repitió el estudio –uno de los más recientes, en 2010 y a cargo de Jakob Pietsching, de la Universidad de Viena– y aunque nunca se pudo comprobar esta hipótesis, es común que pediatras, amigos y hasta la suegra insistan que "debe" escuchar música clásica para "ser más inteligente", incluso desde que está en el vientre.

Más allá de la belleza de la obra compuesta en 1781 por Wolfgang Amadeus, lo cierto, a decir de los expertos, es que la audición de un feto está completamente desarrollada a las 20 semanas de gestación y comienza a guardar recuerdos a las 30 semanas. Así, cualquier estímulo es justo eso, un agente que desencadena una reacción funcional en el organismo. Dicho sea de paso, hablarles le ayuda a familiarizarse con la voz de sus padres.

Otra verdad irrefutable es que la música es un canal para conectarnos con nonatos y bebés, y, más allá del género, si logra relajar a los padres, seguramente también a sus hijos. Lo ideal es poner la música en un equipo de sonido a volumen moderado y dedicar entre 10 y 20 minutos al día para disfrutarla. Algunos pediatras desaconsejan el uso de auriculares, sobre todo por la imposibilidad de graduar el volumen, y otros recomiendan audífonos especiales. Nosotros sólo pedimos que, por favor, no compren discos "para bebés", como Baby Mozart.

Entre los clásicos: la composición culta puede relajar o estimular, dependiendo su autor.
Por aquel mito del efecto Mozart, cualquiera recomienda música de este compositor. Sin embargo, en la llamada música clásica existen cientos de opciones, desde aquellas muy relajantes hasta otras capaces de estimular al crío. Después de consultar a padres y expertos llegamos a una conclusión: por la mañana y cuando declina el sol, lo idea es música muy relajante, pues ayuda a concentrarse o conciliar el sueño. A lo largo del día se puede experimentar con Johann Sebastian Bach, Antonio Lucio Vivaldi, Johann Strauss, Fredric Chopin, Ludwig van Beethoven, Waltz Peter Tschaikovsky, o bien –un gusto muy personal– Béla Bartók. Recomendamos optar por grabaciones en vinil sobre el disco compacto o el MP3, pues el rango de frecuencia –y el deleite– es mayor.

Un nuevo clásico: quizá cuando sea grande disfrute del pop, primero que aprenda a rockear.
En 1976, con tres acordes por canción y una actitud desenfadada, se escuchó su primer y homónimo disco: Ramones. Incluía lo que hoy son clásicos, como Blitzkrieg Bop, Beat on the Brat y Judy Is a Punk, además de otras 11 melodías, entre ellas la muy romántica I Wanna Be Your Boyfriend.

Ignoro si es por la simpleza de las composiciones, lo pegajoso de las melodías o el ritmo acelerado, pero no hay falla: infante que los escucha comienza a brincar mientras su rostro se ilumina.

Entre los muy pequeños, que apenas empiezan a caminar, el efecto es tierno en verdad: agitan los brazos y flexionan sus piernas, incapaces de separar ambos pies del suelo. Según algunos famosos videos en redes sociales, se pueden lograr efectos similares con música reggae, pero esta teoría no ha sido debidamente comprobada.

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