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Luis Vega, rescatista en el terremoto de 1985

Tras el sismo de 1985, cientos de ciudadanos del DF tomaron en sus manos las labores de rescate, a pesar de todos los riesgos. Platicamos con uno de ellos

Foto: Alejandra Carbajal

Lo citaron a las 6am. Luis llevaba pocos meses en la Policía Bancaria Industrial y debía cumplir la orden. A las 7:19am, la ciudad colapsó: un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter la estaba cambiando para siempre. “Se supone que siendo policías no debemos mostrar miedo, pero todos corrimos”, confiesa Luis Vega. “Me asusté, nunca había visto nada igual”.

Tras el temblor que azotó a la Ciudad de México en 1985, cientos de ciudadanos tomaron en sus manos las labores de rescate, a pesar de todos los riesgos. Los testimonios coinciden en que ese 19 de septiembre, la sociedad se unió de una forma que no se había visto jamás. “Fue la primera unión de los tlatelolcas”, describe Vega, vecino de la Unidad Nonoalco Tlatelolco que apoyó las labores de rescate en su colonia y otras zonas afectadas, teniendo apenas 19 años.

En el camino se topó con una primera llamada de auxilio. La cúpula de la iglesia de San Cayetano, en Lindavista, se había quebrado y desplomado cerca de la puerta, de manera que los fieles estaban atrapados. A mano limpia, se puso a quitar escombros. Los vecinos llevaron cubetas que salían llenas de piedras y se pasaban de mano en mano, hasta que una puerta quedó despejada y pudieron salir. De ahí, Luis se fue al edificio Nuevo León, de Tlatelolco. “Fui por unos guantes a donde estaban entregando el material de rescate, me prestaron un casco de minero”, Luis reconstruye su día. “Quería meterme, estaba chavo y mi intención era apoyar y ver si se podía rescatar a alguien”.

El Nuevo León era un edificio largo, compuesto de tres módulos de los cuales cayeron dos: uno recargado en el otro, por lo que había zonas despejadas en esa montaña de concreto y polvo. “Ya se había dado la indicación de que si se encontraban cosas de valor, se llamara a un soldado y ellos las resguardarían. El banco de recuperación de cosas o bienes de valor fue la subdelegación Tlatelolco, y se hizo cargo el Ejército. Aun así hubo rapiña, porque era tanta la gente, que si alguien agarró algo, se lo llevó. Pero la mayoría brindaba su apoyo. Los vecinos de los alrededores querían apoyar”, dice, orgulloso.

La gente hacía cadenas humanas para retirar el escombro y después para pasar los cuerpos vivos y muertos. Cuando sospechaban que había una persona viva, pedían silencio para escucharla.

A un hombre que llamaban “el gordito” se le ocurrió usar un embudo para escuchar mejor dentro de los escombros. Un silbido significaba que la gente debía “guardar silencio” para poder escuchar; dos silbidos, que había alguien vivo.

Foto: Alejandra Carbajal

El desastre convirtió a los voluntarios en expertos en rescate en pocas horas. Durante la remoción de escombros encontraron a una señora que estaba a una distancia de medio metro debajo de donde ya habían quitado cascajos.

“Estaba empolvada, pero le tomaron el pulso y seguía con vida. Fueron por una camilla improvisada y la inmovilizaron colocando ropa y cobijas. A mí me tocó quitar la tierra, seguía poniéndome al ras de piso y escuchaba lamentos”.

En ese lugar tristemente célebre, Luis pudo atestiguar algunas historias asombrosas. “Había un señor que nunca olvidaré. Se trataba de un doctor que vivía en un doceavo piso y que se estaba lavando la cara cuando comenzó el seísmo. Su edificio se partió y el hombre se cayó. Todo se destruyó, pero él se salvó”, enfatiza.

No todo en esa misión fue exitoso. Luis rescató cadáveres en el hotel Principado de la Tabacalera y trasladó cuerpos al campo de béisbol del Seguro Social (hoy Parque Delta), que se convirtió en un gigantesco anfiteatro donde se les clasificó por edad, género, colonia de origen y estatus (completo o en partes). “Era un olor que no puedo... todos amontonados, llevaban ahí varios días...”, a un grado tal que se les tuvo que colocar bolsas de hielo alrededor para tratar de retrasar la descomposición.

Luis Vega ayudó al rescate de tres personas vivas: una mujer, un joven y un hombre. “Mi obligación como policía era ayudar a quienes lo necesitaban y me encantaba. De hecho pedí permiso en el trabajo para seguir apoyando y no me lo querían dar, pero a mí me valió y me seguí”, se jacta. 

Sólo volvía a su casa a dormir unas horas y regresaba a apoyar. “Puedo decir que ayudé a salvar tres vidas, ese es mi orgullo”, concluye satisfecho tras escarbar en su memoria lo ocurrido hace 30 años que, sin embargo, permanece intacto, como si aún estuviera mirando de frente los restos del edificio Nuevo León.

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