Bestiario humano

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 (Foto: Mario Rodriguez Álvarez (Cortesía de la producción))
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“En el tiempo en el que lees esto, se habrán talado el equivalente a 20 canchas de futbol en hectáreas de bosque y al menos tres especies de plantas y una especie animal se habrá extinguido por completo del planeta”. Esto es lo que aseguran los creadores de Bestiario humano, una obra que se distingue no sólo por su entramado de documental, sino por la reflexión de fondo: ¿no son ya demasiadas catástrofes para un solo planeta?

Mientras entras al íntimo teatro, se escucha ya un rugido de león, uno de pantera y otro de cualquier felino selvático. Los sonidos emanan de la voz de las cinco chicas que protagonizan este bestiario que relata la extinción del rinoceronte blanco, los conflictos por el poder mundial, la pelea del hombre contra la bestia o el futuro incierto de la población.

Sucede que en esta obra, los nombres y las cifras que se apilan metafóricamente en la escena como columnas enormes se convierten en algo menor, pues lo realmente interesante es cómo todos estos hechos históricos, apellidos y números aterrizan en una misma preocupación: tardó más el planeta en formarse que en lo que que llegó el hombre a destruirlo por completo.

Todo esto enmarcado en la rosa historia de dos chicas que deciden emprender un viaje hippie a África para conocer la historia del último rinoceronte blanco, asesinado por un cazador. El caso, que se hace viral en Facebook y desata la furia de los ecologistas, llega a la computadora de estas dos jóvenes, que se incendian de rabia y empiezan su travesía viajera para entender por qué sucedió.

La exitosa convivencia que el director Diego Álvarez logró de la historia con el manejo de dispositivos multimedia y la videoproyección –a cargo de Daniel Ruiz Primo– logra un armado de rompecabezas que te mantiene al filo del escenario.  

Las historias son narradas mientras que el mapa, que inicialmente pareciera un simple fondo detrás de las actrices, se ilumina para contextualizar en dónde suceden los hechos. Un video de circuito cerrado sirve como elemento de misterio y otra proyección funciona para simular el universo, la selva, el mar, la muerte, las víboras… todo lo que sea necesario para contar esta historia con múltiples locaciones y personajes. Una proyección que puede recrear camaleones cósmicos si la narración lo necesita.

No menos importante es el espacio escénico en el que Esmirna Barrios, Rosalba Castellanos, Miriam Romero, Sofia Sylwin y Lucía Uribe Bracho interpretan la historia, con expresiones corporales aún por pulir. El pequeño escenario, si bien podría parecer una dificultad, el grupo teatral Principio lo convierte en su punto fuerte. Se apoyan con una escalera que, aunque a simple vista parece sencilla, logran transformarla en una mesa de negociación, un árbol o una balsa. Una joya multifacética de apoyo escénico.  

Esta obra fue elegida para ser analizada en la Escuela del Espectador (espacio de discusión teatral del Centro Cultural del Bosque dirigido por el maestro Bruno Bert). Allí se quedaron varias preguntas para la reflexión: ¿es una obra panfletaria (eliminando el sentido degradante de la palabra panfleto y dejando su objetivo de transformación)? ¿se bestializa al humano o se humaniza a la bestia? Lo cierto es que, tal como se dijo en esa sesión de enero de 2013, la puesta en escena te deja un sentido pesimista de la humanidad pero optimista del hombre.

Una obra de teatro con un ritmo ágil e inteligente que no deja lugar al parpadeo del espectador.

Por Karina Eridhe Macias

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