El juego de la silla

Teatro
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El juego de la silla
Foto: Cortesía de la producción El juego de la silla

Si bien no es difícil concebirla en la versión cinematográfica que dio pie a su adaptación teatral, este texto de Ana Katz parece nacido para la escena, gracias a la plenitud de referentes teatrales a los que remite. El más obvio y el más antiguo, las piezas de Anton Chejov: retratos de la descomposición de la familia burguesa rusa a través de episodios de la vida cotidiana de sus miembros, por los que parece que no pasa nada, cuando en realidad les está pasando todo el peso de una vida sostenida por fallidas ilusiones.

Algo así sucede en esta familia, que en el texto de Katz es tremendamente argentina y en el montaje de Angélica Rogel es profundamente mexicana. Todos vuelcan la alegría de una jornada completa en el breve retorno de Víctor, el hijo y hermano pródigo, el eterno amor platónico. Todos quieren complacerlo, atenderlo, agasajarlo, quieren tener su atención aunque sea por menos de 24 horas. Quieren verlo, convivir con el hombre exitoso, a pesar de que él no les rinda cuentas sobre su vida en Canadá y ellos tampoco hablen sobre su cotidianeidad clasemediera. Todos, encabezados por Nélida, la madre, eligen celebrar y jugar.

Katz construye un texto dramático de dimensiones amplias y poderosas. A partir de una anécdota común y corriente, forja un universo en el que realiza una exploración naturalista de una familia de clase media, sus ilusiones, alegrías, desencantos, silencios y, sobre todo, las altas expectativas de cinco personas –en su mayoría mujeres– descansadas sobre un solo hombre. Rogel lo aprovecha y lleva a sus personajes, actores y espectadores a tocar fondo con los sentimientos más complejos y, a la vez, más ordinarios de un individuo.

El trabajo de la directora, exquisito en pausas, silencios, tensiones y un inagotable humor, encuentra una réplica del más alto nivel en cada uno de los seis actores que atienden su propuesta y la enriquecen con su experiencia y vastas cualidades. El trabajo de Miguel Conde y Mahalat Sánchez, al igual que el de Ana Beatriz Martínez, Gabriela Guraieb y Alejandro Guerrero es similar al de las manecillas de un reloj, rico en matices y contrastes, en inocencia y desgaste de esos personajes que gritan en silencio porque algo pase, o no.

Por si no bastara con estos estupendos actores, esta producción de Petit Comité contiene uno de los momentos más importantes de la escena actual: la presencia protagónica de Margarita Sanz, actriz que tira cualquier adjetivo hasta llegar al que, en su caso, es un muy justo lugar común: virtuosismo. Su retorno es afortunado y feliz para quienes tienen el privilegio de disfrutarla en cada inflexión de su voz, cada gesto, cada mirada, en la carga que le otorga a un silencio, en todo lo que calla para después aflorarlo al cantar una estrofa.

El Juego de la Silla es, en este momento, el mejor ejemplo de lo que es –y debe ser–, el teatro independiente en México y el alto nivel que es capaz de ofrecer.

Por Enrique Saavedra

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