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Entrevista con Alejandro Ricaño

El director de Un hombre ajeno nos cuenta cómo armó este monólogo a tres voces con Chema Yazpik, Osvaldo Benavides y Adrián Vázquez

Foto: Paulina Watty

En Unhombre ajeno tocas una vez más el tema de la separación y del reencuentro.
Sí, ¡parece que soy un fracaso amoroso que hace terapia en sus obras, pero no es así! Este es un montaje que escribí antes de Cada vez nos despedimos mejor (el monólogo que hice con Diego Luna), pero se estrenó después de ella. De ahí la recurrencia en el tema, pero son puestas en escena distintas. Cada vez nos despedimos mejor, a pesar de ser una obra sobre la separación, es muy esperanzadora porque desde el título habla de que siempre nos vamos a despedir de alguien y nos volveremos a encontrar con alguien más. En Un hombre ajeno no hay tregua. Es una obra gris, es un día nublado con mucho frío o un domingo en la mañana con una resaca espantosa.

La obra trata sobre la soledad de un personaje que no habla en cinco años con alguien. ¿Se trata de un misántropo, un malestar de estos tiempos o un hombre desolado de amor?
No es  un misántropo, pero sí es un personaje que no cree ni en Dios. Incluso, llega un momento en el que cree que su vida no es real. Está en un grado de depresión en el que cancela su realidad y piensa que es parte de un engaño en el que no quiere seguir. Es una postura filosófica. El personaje está en una crisis existencial por una serie de temas que le duelen. Su manera de salirse de ahí es evadirlo todo.

¿Qué aporte le da el humor negro a esta historia?
Tiene que ver con el cinismo, con lo que pensamos en realidad y nunca decimos. La gente se ríe porque dice "yo también he pensado esto y también he hecho eso horrible". Este personaje es un tipo que sale de una ruptura que se ganó. Es un cabrón, un cínico. Tiene un egoísmo que muchos tenemos escondido. Te ríes porque te identificas.

¿Buscas que el espectador se reencuentre consigo mismo?
Sí, en cada una de mis obras. Si alguien va al teatro y sale exactamente como entró (aunque se haya reído o llorado un poco), entonces esa obra no sirvió para nada. El mejor halago que le puedes hacer a un escritor, es decirle  "siempre sentí eso, pero nunca había sabido expresarlo con palabras". La idea es que el espectador se confronte consigo mismo, que reflexione y encuentre otra manera de relacionarse con el mundo a partir de ver una obra de teatro.

Cuéntame sobre la construcción del personaje, ¿es un antihéroe o alguien flemático?
A pesar de que es un personaje cínico -el más cínico que he construido-, no es un antihéroe, porque no hace las cosas bien. Lo intenta, pero nunca lo logra. No es tanto la estructura tragicómica de un personaje avanzando frenéticamente hacia el final de su historia o con un objetivo impedido por obstáculos. Busqué hacer un retrato de las relaciones contemporáneas y de la soledad del individuo.

Cuéntame sobre el trabajo actoral.
Son tres actores (José María Yazpik, Osvaldo Benavides y Adrián Vázquez) interpretando el mismo hombre. Es una especie de monólogo en el que intervienen muchos personajes. Entre los tres narran al mismo sujeto y asumen otros roles. El juego está padrísimo porque no tenemos mucha escenografía, los actores y la narración lo son todo. Ocurre en muchos espacios, todo es narrado con cambios de luces.

¿Cuáles son las exigencias que esta obra le pide al actor?
Es un trabajo de "acción interior" del actor. Hacemos análisis exhaustivo de texto. No es una cosa de entrenamiento físico, tiene que ver con comprender cada palabra, entender al personaje. Es un verdadero reto para Chema porque él es más cercano al cine y para Osvaldo porque él hace más tele. Con Adrián llevo 10 años haciendo comedia, su reto es que aunque tiene humor negro, esto no es una comedia.

¿Cuál dirías que es el mensaje principal de Un hombre ajeno?
No busco transmitir un mensaje, eso les corresponde a otras personas. Con Más pequeños que el Guggenheim jamás imaginé que a alguien le fuera a interesar lo jodido que es hacer una obra de teatro o conseguir una beca. Resulta que le llamó la atención a muchos y esa obra tampoco tenía un mensaje particular. Será un consuelo para mí ver que no soy el único que siente un vacío en esta época.

De nuevo estás en sala Chopin, ¿el perímetro de este recinto ya es parte de tu narrativa?
Es premeditado repetir en la Chopin por una serie de necesidades: los actores viven cerca de ahí y en una ciudad en la que los traslados duran más de dos horas, se agradece. Por otra parte, la sala funciona bien para el formato, pues buscamos hacer un teatro íntimo. Además, mucha de la audiencia va por ver al actor en vivo. Me parece ridículo que en los teatros para mil personas pueda salir Osvaldo Benavides y nadie se entere quién es. Otra razón es para darle continuidad al trabajo. Aunque Cada vez nos despedimos mejor y Un hombre ajeno son obras diferentes, tienen un objetivo cercano: no ser teatro comercial ni cultural.

Al respecto del teatro comercial y cultural, ¿qué opinas sobre el estado del teatro en el DF?
El teatro en México está mejor porque ya estamos desechando ese modelo viejito de dirigir únicamente a los clásicos. Eso era lo que enseñaban en las escuelas de dirección. Estamos siguiendo el modelo de los países con nuevos paradigmas del teatro en el mundo, en los que montan a sus autores. Contamos nuestras propias historias y formamos teatro nacional. Hasta hace 20 años en la cartelera sólo había tres directores nacionales, ahora todos son autores mexicanos y contemporáneos. Ya no montamos las obras de siempre. ¿Acaso no hay historias interesantes en este país que merezcan ser contadas?

Un hombre ajeno. Sala Chopin. Jue-vie y dom 8:30pm, sáb 7 y 9pm. $350. A partir del 21 de febrero.

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