Hay algo podrido en Dinamarca

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Hay algo podrido en Dinamarca
Foto: Cortesía de la producción

En esta versión libre de Hamlet, dirigida por Marisa Gómez Acevedo (Clitemnestra a través del tiempo y La importancia de llamarse Ernesto), vaya que se tomaron en serio lo de “libre”. El montaje ocupa el espacio como pocas veces lo aprovecha el teatro. Las escaleras, muros, columnas y las explanadas del Centro Nacional de las Artes se convierten en escenarios: un ejemplo del uso eficiente del espacio escénico. En estos terrenos, Hamlet –el príncipe de Dinamarca– busca las respuestas sobre la muerte de su padre y se entromete en los meollos de la traición.

El lenguaje coloquial de la adaptación (escrita originalmente hace 400 años) y la expectativa que despierta los cambios repentinos de escenarios –muy al modo de teatro de calle– involucran de lleno al espectador en la trama. A esto se suma el recibimiento musical de Los Centauros del Olimpo, el grupo que interpreta en vivo las melodías de The Beatles que acompañan la historia.

Salvo contados momentos en los que el texto es poco audible, este montaje hace gala de un arduo trabajo corporal y de interpretación por parte de los 11 actores, que en escena le dan vida al texto de la también dramaturga Marisa Gómez. Sobresalen las interpretaciones y el trabajo físico de Francisco Mena (Hamlet) y Roldán Ramírez (Laertes).

El diseño de vestuario de Víctor Zavala y la iluminación idónea para exteriores ideada por Mario Oliver crean una ambientación que lleva al público al centro de la intriga, con un velo de voyerismo y la magia de la complicidad del engaño shakesperiano.

Por Verónica Barba

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