La ciudad de las estaciones

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La ciudad de las estaciones

Del primer filme en color de Akira Kurosawa, Dodes-ka´den, sale esta obra, adaptada en su versión escénica por Gilberto Guerrero. Para escribir esta película, Kurosawa adaptó los cuentos de Shuguro Yamamoto, escritor japonés que describe profundamente el universo de las clases bajas y marginadas. El nombre de la cinta es una onomatopeya al tranvía imaginario que conduce un joven con retraso mental, que se convierte en leitmotiv de la cinta, metáfora de un tranvía que no lleva a lugar alguno. En los personajes de los cuentos de Yamamoto, Kurosawa encontró símbolos del Japón contemporáneo, así como de su propia locura y estado de melancolía. En esta cinta, Kurosawa explora su profunda decepción por la vida, su escepticismo y su profundo amor por lo humano. Tal vez debido a esto, y no sólo por el fracaso comercial de la cinta, un año después de filmarla, bajo una profunda crisis personal, intentó quitarse la vida. Así que lo que veremos en escena es un homenaje, una poética muy distinta a la que estamos acostumbrados. Historias sin clímax, de sutiles y continuados finales que se entrecruzan sin llevar a ningún desenlace que busque justicia. Aquí sólo hay personajes cotidianos y repetitivos que viven en algún cinturón de pobreza, deshechos entre alguna gran urbe; personajes espiritualmente vacíos, deprimidos, viciosos y bellos en su ingenuidad. El alma marginada ante una sociedad moderna e industrializada. En esta versión teatral, un escenario de madera representa el caos y el hacinamiento sobre el que vemos las diversas historias de desposeídos que se entretejen de violencia, abuso, generosidad, esperanza y derrota. Un buen reparto integrado por Jorge Ávalos, José Juan Meraz, Ortos Soyuz, Ana Luisa Alfaro, Abril Pinedo, Abraham Vallejo, Luis Ernesto Verdin, Yanet Miranda, Paula Comadurán, Luis Eduardo Yee, Carolina Pimentel, Sara Guerrero y Pilar Couto, logran generar esta atmósfera del desasosiego.Inevitable salir del teatro y no hablar de la película de Kurosawa. Quienes no la han visto, corren a verla y quienes ya la vimos, inmediatamente retomamos las referencias. Y es que Kurosawa es el genio de la puesta en escena, de los claroscuros, de la dirección actoral. Así que esta versión teatral, para los fans de Kurosawa, resulta un bello homenaje que desaprovecha la oportunidad de dar un golpe escénico mucho más arriesgado y sobrecogedor; no obstante, toca con claridad la premisa, homenajea con inteligencia al maestro y nos conduce suavemente por la poética del marginado.

Por Silvia Ortega

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