Master Class

Teatro, Musicales
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Master Class
Foto: Cortesía Ocesa

A principios de la década de los setenta, María Callas pisó uno de sus últimos escenarios: el del auditorio en el que impartió un ciclo de clases magistrales para estudiantes de ópera en la Juilliard School de Nueva York. Afectada por la miopía, cargando el lastre de su propio mito y sin la voz que la posicionó como el paradigma del canto del siglo XX, "la Divina" se plantó en ese auditorio no tanto para ajustar las frescas voces de sus alumnos, sino para ajustar cuentas consigo misma.

Este hecho es tomado por Terrence McNally, autor fundamental del teatro norteamericano contemporáneo, para Master Class. Con esta obra consiguió su éxito definitivo. La experiencia y, sobre todo, la malicia del dramaturgo le permitieron convertir en una pieza teatral redonda lo que en el fondo es un sencillo y apasionado monólogo.

En este montaje, la diva interactúa con tres noveles cantantes de ópera que desean ser tan grandes como ella. El primer paso para eso es estar frente a ella, cantar ante ella y soportar las ácidas críticas, las irónicas sentencias y las dolorosas evocaciones de una leyenda que, dicho sea de paso, resultó una espléndida docente.

La carga emotiva del texto, aunado a la unión entre drama y música, hicieron que apenas dos años después de su estreno en Nueva York, fuera traída a México en 1998. Entonces, Francisco Franco se presentó como director y Diana Bracho como protagonista. El éxito del montaje se resume en la decisión de volver a llevarlo a escena 16 años después de su presentación en nuestro país.

En un punto de la Ciudad de México muy distinto a donde fue presentado la primera vez (en el Teatro Ramiro Jiménez), la voz y el pensamiento de Callas vuelven a sonar poderosos, imponentes y devastadores. Gracias a la vigencia del libreto de McNally, se expone la vida profesional y personal de la diva, pero principalmente los puntos de vista del autor y del personaje sobre el arte. Esa vuelve a ser la valía de la puesta en escena: el claro alegato que se hace, desde el escenario, sobre la escena misma.

La lectura hecha por el director Diego del Río, quien asume la obra en esta ocasión, es delicada y llena de sutilezas que enfatizan la intimidad de los dos grandes monólogos de Callas, interpretada nuevamente por Diana Bracho.

En este nuevo montaje, el director impone un acento en la voz de la actriz mexicana que poco contribuye a la creciente intensidad de los parlamentos. Además, el riesgo y la frescura que Del Río ha demostrado en la dirección de actores, como en Tribus o El principio de Arquímedes, ceden ante un total respeto a la figura de la Bracho.

Es quizá el respeto entre actriz y director lo que se impone en este montaje e impide que ambos exploten su talento en escena como se espera de una dupla tan atractiva, bien acompañada por seis cantantes de primer orden –que alternan funciones–, un estupendo pianista y, sobre todo, un exquisito espacio creado e iluminado por Laura Rode.

Por Enrique Saavedra

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