Perro sin raza

Teatro
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Perro sin raza
Foto: Cortesía Conaculta

Es conocido que a las personas que pasan su día (incluso las noches) sentados frente a un escritorio trabajando y con ajustados periodos de descanso, se les denomina godínez. Esta puesta en escena hace énfasis en estos personajes de nuestra cultura popular.

Tres oficinistas se enfrentan a las jornadas monótonas y hostiles de su lugar de trabajo (enmarcado por focos de luz fría, dominado por un reloj digital implacable, ambientado con la eterna neurosis de su jefa y protegido por la enigmática locura de la afanadora). Este espacio asfixia poco a poco los deseos, sueños, anhelos y creencias de los trabajadores –si es que alguna vez los tuvieron–.

En su dramaturgia, Ed Harris contrasta la cruel y delirante realidad de los personajes con pasajes oníricos que desfogan el miedo, el desencanto, la frustración y la amargura que, en distintos niveles, habita en cada uno de ellos. Lo que principia como una divertida sátira de la vida cotidiana, deviene en un descarnado reflejo de la miseria humana.

En su primera dirección teatral, Fernando Rovzar no tiene ningún pudor para dar crédito a la asesoría que recibió por parte de Paulo Sergio Galindo. Este detalle de humildad se agradece, pues la ácida y mordaz visión de Galindo se nota, realza la propuesta y se convierte en una invaluable enseñanza para el nuevo director. La producción de Mariana Burelli concreta un afortunado contraste entre un teatro íntimo y, a la vez, de gran formato.

Si hay algo grande en esta obra de espíritus menores es el estupendo reparto, que está fuera del peligro de caer en cualquier estereotipo. Su inteligencia y malicia logra que haya un poco de luz en esos seres apagados. Hernán Mendoza, la propia Marianna Burelli, Mauricio Isaac, Rocío Verdejo y, sobre todo, Norma Angélica, hacen que uno quiera subir al escenario a abrazar a sus personajes.

Por Enrique Saavedra

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