Sedientos

Teatro, Drama
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Sedientos
Ricardo Ramírez Arreola

Hugo Arrevillaga lo hizo de nuevo: tras presentar con un éxito inusitado la tetralogía La sangre de las promesas (Litoral, Incendios, Bosques y Cielos) del dramaturgo francocanadienselibanés Wajdi Mouawad, el director ha vuelto a la carga y lleva a escena este nuevo texto. Sí, otra vez de Mouawad.

Esta obra fue escrita con la colaboración del director teatral canadiense Benoît Vermeulen y, al igual que Alphonse y Pacamambo, está dirigida a los jóvenes, aunque ya sea por el texto o el montaje, el público de cualquier generación se siente tocado por lo que ve y, sobre todo, por lo que escucha.

Sedientos es un texto para ser escuchado con atención. Los tres personajes nos relatan historias que se entrelazan hasta desembocar en un río en el que los tres se sumergen para, desde allí, invitarnos a seguirle la corriente a nuestros deseos, a darle un sentido a la rutina de despertar, bañarse, desayunar, tomar la mochila y salir de casa.

Si el texto de Mouawad sugiere diversas preguntas que tienen que ver con el valor que le damos a los sueños y a la belleza dentro de nuestra vida, la puesta en escena nos confronta con esos cuestionamientos, a través de un espacio escénico íntimo, logrado con la escenografía de Auda Caraza y Atenea Chávez, y la iluminación de Roberto Paredes.

De los tres actores que están en escena es de agradecerse la presencia de Miguel Romero, cuya honestidad y experiencia –tanto en el teatro como en los textos de Mouawad dirigidos por Arrevillaga– lo convierten en la columna vertebral de este trabajo y un muy justo guía de los jóvenes Pamela Almanza y Andrés Torres Orozco 

Arevillaga deja claro que no le importan dichos como “la tercera es la vencida” o “no hay quinto malo”, pues esta es la octava obra que dirige de quien se ha convertido en uno de los principales referentes del teatro contemporáneo tanto en México como en el mundo.

Aunque a decir verdad, Sedientos, como texto dramático, carece de la contundencia y vitalidad que distingue a obras como Incendios o Pacamambo.

Si el montaje resulta conmovedor en más de un momento, se debe al pleno entendimiento que el director ha logrado del universo del autor y, por supuesto, a su negación a abandonar el sueño de contar historias. 

Por Enrique Saavedra

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