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Un brillante par de "ingrávidos"

Valeria Luiselli escribió Los Ingrávidos sin saber que tiempo después llamaría la atención de Fernando Bonilla, quien la llevó a escena. Entrevistamos a ambos

Cortesía Centro Cultural del Bosque

En 2011 fue publicada por Editorial Sexto Piso la novela Los ingrávidos, mereciendo de inmediato la aclamación de la crítica literaria y el interés de los lectores. El éxito ubicó a su muy joven autora, Valeria Luiselli, en un lugar muy privilegiado dentro del panorama de la narrativa mexicana. Dos años después, el director Fernando Bonilla lleva a escena una adaptación de este texto, conservando el nombre, pero suprimiendo paisajes y  condensando todos los personajes en tres actores: Joaquín Cossío, Haydée Boetto y Cassandra Ciangherotti. Les preguntamos a ambos lo mismo para conocer sus motivos narrativos y teatrales que los llevaron a sumergirse entre fantasmas urbanos.

Fernando Bonilla

¿Es la fascinación por Gilberto Owen el punto de partida para el montaje de Los Ingrávidos?
El punto de partida es mi fascinación por la novela. En 2011 Valeria Luiselli me llamó por teléfono para invitarme a dramatizar unas escenas del libro en su presentación. Yo andaba tapado de trabajo y acepté apresuradamente, sin imaginar la potencia dramática que tenía esta historia. Salí revolucionado de la presentación, elucubrando la hipotética versión teatral.

¿Cómo es Gilberto Owen y el ámbito literario mexicano de esa época?
El que aparece en escena no es Gilberto Owen, es un personaje creado por la narradora de la historia, una interpretación de ciertos vestigios biográficos y poéticos de Owen. La característica esencial de la vida y poesía de Owen para Los Ingrávidos, el motor dramático, es el eterno sentido errante de este hombre, su profunda aversión a pertenecer a un grupo y, derivado de todo esto, su autocondena al desamor y a la nostalgia

¿Tienes una inquietud particular por ir hacia el pasado, por evocar a los fantasmas teatrales?
En el teatro uno no inventa nada, interpreta y representa. Toda obra de arte conserva un espíritu fantasmagórico, pues es un desdoblamiento de un acontecimiento original en la vida o mente del autor.

¿Qué de tu obra permanece inalterable en la novela y qué le aporta?
Mi versión es una materialización de la historia que yo leí, definitivamente distinta a las infinitas interpretaciones de otros lectores. La versión teatral agudiza el concepto "ingrávido" de la novela, al resolverse sólo con tres actores que dibujan y desdibujan múltiples personajes, las escenas se crean de la nada a vistas del espectador. Descabecé unos personajes, otros los fusioné. Valeria opinó y me brindó el beneficio de la duda.

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Valeria Luiselli

¿Es la fascinación por Gilberto Owen el punto de partida para la escritura de Los Ingrávidos?
No solamente. Me disculparás la metáfora botánica y cursi, pero una novela se parece más a un bosque que se siembra y luego se explora lentamente que a un árbol de una única semilla. Dicho eso, Owen y su vida tormentosa fueron sin duda uno de los asideros principales de la novela. Quise contar su historia desde el punto de vista de una narradora que sentía que su vida era un retrato diferido de Owen.

¿Cómo fue Gilberto Owen y el ámbito literario mexicano de esa época?
Fue Salvador Novo quien dijo que el grupo literario de Los Contemporáneos en México era una colección de soledades. Los ingrávidos no retrata el mundo literario mexicano de los años veinte, sino una de las soledades que lo componían, la de Owen: un escritor que decidió imponerse un extraño exilio como diplomático de segunda y participar sólo como fantasma de la vida literaria en México.

¿Tienes alguna inquietud particular por ir siempre hacia el pasado, por evocar a los fantasmas literarios?
No sé si sea culpa de mi cada vez menos "joven juventud". Pero sí, mi escritura es siempre una conversación con los difuntos.

¿Qué de tu novela permanece inalterable en la obra de teatro?
Al principio tuve muchas conversaciones con Fernando, leí varias versiones de la obra, hice algunas sugerencias, pero en algún momento decidí hacerme a un lado y dejarlo hacer lo que él sabe hacer y yo no: montar una obra. Confié desde el principio en su inteligencia, su buen gusto y su experiencia. No he podido ver la obra pues no vivo en México pero –de un modo oweniano, remoto y afantasmado– he estado presente en todo el proceso. Fernando le dio una vida más a la novela, la volvió tridimensional.

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