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Maninfest

Virilidad a ritmo de house poco convencional, iluminación extravagante y una actitud que recuerda que lo gay no quita lo cortés

Cortesía Oswaldo Sánchez by Shoot & Play

Christian lleva puestos unos jeans de mezclilla, botas mineras, camisa a cuadros rojos y blancos, y unos tirantes de cuero negro con hebillas metálicas. Esa clase de tirantes que los hombres asiduos a los clubes leathers de San Francisco o Berlín suelen usar sin camisa, tradición bondage impuesta originalmente por Rob Halford, vocalista de Judas Priest.

Halford interpretaba "The Ripper" cubierto de prendas sadomasoquistas que conseguía en una de las sex shops más pervertidas de Londres. Él era abiertamente homosexual. Después de un par de álbumes con Judas Priest, alguien se fusiló la masculinidad exacerbada del vocalista para cosificarlo, colgarle coreografías guiñolescas y lanzarlo como producto de masas con la etiqueta de Village People.

Christian se muestra sorprendido cuando le suelto la anécdota de Halford y Judas Priest. Después de todo, el cuero y la testosterona sin inhibiciones son parte del paralelismo fetichista que sostiene el concepto de los reventones Maninfest, evento que el próximo 20 de julio cumplirá un año de "sacar a los leathers del clóset", como bien lo define Christian, el creador de estas fiestas envueltas por la morbosa expectativa que genera esperar dos meses entre una y otra.

Lo que empezó como una celebración de cumpleaños con referencias sado en lugar de globos y sombreros, se convirtió en Maninfest, el nombre que define a estas reuniones medianamente masivas (la última edición, en mayo 2013, convocó a 450 hombres), cuya idea principal es la de celebrar todos aquellos fetichismos que exacerban la hombría, como se entiende en la fantasía homosexual.

Por eso, una vez que pagas tu entrada (250 pesos en preventa y 350 el día del evento), te encuentras con tipos vestidos con overoles de bomberos, policías en cuero y metal, militares semidesnudos y skinheads cachondos. Todos bailando bajo una penumbra de colores libidinosos (predominan el azul y el rojo) hasta altas horas de la madrugada.

Desde luego, el outfit fetichista no es obligatorio, pero lo más probable es que si asistes con tus prendas de moda para el antro, querrás salir corriendo a comprarte aunque sea un casco de construcción naranja, de lo intenso de la virilidad que allí dentro circula.

Lo interesante de Maninfest es que su personalidad se define a partir de dos construcciones paralelas: por un lado la idea de Christian Saldate de crear un festival donde se explote la masculinidad gay al máximo y, por otro, una audiencia ávida de eventos de este temple cuya oferta local no satisface sus expectativas.

La mayoría de los parroquianos de Maninfest superan los 30 años, otros caben en el rango de los daddies (en el argot gay, hombres de 45 a 55 años que le dan duro a la máquina de pectorales), para quienes esta fiesta representa la opción para cumplir sus quimeras a la altura de eventos como Folsom, de Berlín, o el International Mr. Leather, de Chicago.

De acuerdo con Saldate, la fama underground de Maninfest ha crecido de tal manera que 40% de los asistentes son foráneos, tanto visitantes de estados del interior del país e incluso de otras naciones, como Argentina, Colombia, Estados Unidos y Canadá.

Hace un año empezaron en las instalaciones del Salón Tokyo, pero parte del encanto es no tener una sede oficial. En cuanto a la música, parten de la intención de zafarse de las ya desgastadas secuencias de 130 rpm y coros femeninos típicos de tradición circuit. Lo consiguen hasta cierto beat, pero no totalmente.

Para esta edición de aniversario, próxima a anunciar en su sitio web, contarán con la presencia del DJ Binomio –el consentido del festival Madbear– y David Picard, quienes en un principio dan la falsa impresión de aportar mezclas novedosas pero terminan sonando a soundtrack de una serie de televisión tipo DTLA.

Con todo y este esfuerzo, no logran sacudirse el impulso de elegir a algún DJ de barba cerrada, con los bíceps necesarios para lucir una camiseta sin mangas, pero de moderada habilidad en las tornamesas. Tótems visuales que satisfacen más la vista que la curiosidad dance. Pese a todo, logran mantener secuencias que si bien no son originales para melómanos clavados, sí crean atmósferas sonoras que no escucharán en otros antros gays o fiestas masivas de la ciudad.

Como en este festival la hombría va a en serio, la carta de tragos es limitada, nada de cocteles rositas ni martinis sabor arándano. Las cervezas (lo que más se consume) cuestan 40 pesos y las bebidas tradicionales, como ron o vodka, entre 60 y 80 pesos. Para asistir al Maninfest hay que deshacerse de uno que otro estereotipo popular en la vida nocturna gay defeña. Puede ser que eso de comadrear sea divertido, pero de vez en cuando vale la pena recordar que aquello de lo feo, fuerte y formal también tiene su bailable encanto.

Maninfest. Sáb 14, 10pm en H20 Concert Hall (Niza 73, Cuauhtémoc). $250 preventa, $350 el día del evento.

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