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Teatro, Drama
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 (Foto: Cortesía de la producción)
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Dicen que el veneno que no mata, fortalece. Pero cuando la sustancia habita en uno mismo, consume poco a poco y se expande. Sale del cuerpo y se impregna en cada habitación de la casa, invade a tus parientes y los descompone hasta destruirlos.

Algo así sucede en la familia que presenta el dramaturgo canadiense Greg McArthur, traducido por Humberto Pérez Mortera y develado en escena por Hugo Arrevillaga, quien en esta ocasión explora el límite del miedo a partir del prejuicio, la paranoia y la doble moral. Como en Hamlet, algo está podrido en Dinamarca, en Canadá o en México. Y todo tiene principio y fin en el seno familiar.

La historia de una mujer que cree estar intoxicada por la misma sustancia que mató al chofer del autobús en el que viajaba, es abordada por McArthur con un humor sumamente oscuro e irónico. Éste remata con el espacio cerrado y asfixiante que proponen los diseñadores Auda Caraza, Atenea Chávez y Roberto Paredes en este montaje que, como ya es costumbre en Hugo Arrevillaga, es íntimo y sorprendente.

El director concentra en una mesa de comedor la descomposición de los personajes: la madre, el padre y los dos hijos. Una doctora, una detective y otra víctima del atentado los rondan.

Sobre esa mesa ocurren detalles casi imperceptibles, plenos de la minucia propia de toda relación familiar que se respete, como la laboriosa preparación del sándwich que el papá da de cenar al hijo y la facilidad con la que éste retira los ingredientes que no le gustan. Detalles sabrosos que denotan el deleite de Arrevillaga por tocar fondo cuando de familias se trata.

También toca fondo, una vez más, en su dirección de actores y logra que la experimentada María Gelia y los jóvenes Ana González Bello y Andrés Torres Orozco sean un soporte sólido y confrontador de la protagonista, personaje que Gabriela Murray encarna con una fiereza repulsiva y, a la vez, digna de toda compasión. A su lado, Víctor Huggo Martin consigue el equilibrio perfecto de la pareja al construir con absoluto detalle a quien es la principal y verdadera víctima de todo ese veneno que genera la ignorancia.

Por Enrique Saavedra

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