Barataria: Estado de México

Teatro
Barataria: Estado de México
Foto: Cortesía Consecuencias

Una ironía completa. Eso es la puesta en escena escrita y dirigida por Benjamín Caan. Ironía porque esta obra se basa en los capítulos que Miguel de Cervantes Saavedra le dedicó a la ínsula Barataria, un pedazo de la tierra que ha sido saqueado y cuyos habitantes se encuentran en el abandono y en la miseria, sin empleo, con hambre y, por si fuera poco, con un gobernante que nunca en su vida ha leído un libro. Ironía porque el autor de Don Quijote de la Mancha escribió sobre una isla imaginaria, pero el director mexicano y su ensamble de actores la convierten, cuatro siglos después, en el más fiel reflejo de la situación actual de nuestro país.

Caan presenta a Don Quijote y a Sancho Panza envueltos en la violencia del narco y el gobierno mexicano. Barataria es ahora el Estado de México y, aunque es una isla, es más bien un circo de varias pistas, concentradas en una larga mesa de madera sobre la cual interactúan los personajes, los actores, el propio director y el público. La novela icónica de la literatura en español se fusiona con citas lo mismo de William Shakespeare que de Hanna Arendt o don Hugo Gutiérrez Vega, así como de Denisse Dresser, Lorenzo Meyer, Jesús Silva Herzog Márquez, René Delgado y  Jorge Volpi.

Estamos ante una espectáculo cuya propuesta es justa y necesaria ante estos tiempos en los que lo que gobierna es el miedo y la incertidumbre. Empero, hay puntos que impiden que éste sea, en su ejecución, un montaje redondo.

Todos los elementos están puestos, literalmente, sobre la mesa y son atractivos, pero no están por completo amalgamados. El recurso central, que es el de una lectura dramatizada de la obra de teatro, se vuelve tedioso y no acaba de quedar justificado, por más que con él se quiera aludir a la precariedad en la que el sistema tiene confinado a los realizadores teatrales. En éste caso sabemos que el proyecto surgió por encomienda del Festival Cervantino, el más importante del ámbito cultural del país, y que actualmente goza de una producción privada en uno de los foros más concurridos.

Es difícil hablar de los actores que conforman el elenco, ya que varios de ellos alternan funciones. Tal vez por eso, o tal vez porque es muy numeroso, el ensamble no se siente homogéneo. Hay momentos afortunados que están construidos individualmente y otros pocos que alcanzan a lograrse en equipo, pero ni el verso cervantino ni la ideología de los politólogos y periodistas mexicanos se sienten totalmente asida por todos. Quizá la presencia del propio dramaturgo y director en escena, participando con ellos en plan protagónico, los cohíbe y les impide meter de lleno a los espectadores en el juego entre ficción, documento y realidad.

Con un frágil equilibrio entre el teatro y el cabaret, éste espectáculo busca reunir y enfatizar demasiados elementos y al hacerlo neutraliza su impacto. Aunque, al final del día, cumple con uno de sus objetivos: que el público salga del teatro pensando en que hoy en día, en nuestro país, ni la cabeza del ilustre Don Quijote de la Mancha está a salvo de ser decapitada.

Por Enrique Saavedra

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