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DF de ficción

Cada habitante vive una versión diferente de la Ciudad de México. Las historias que inspira son parte fundamental de su personalidad. Te recordamos cinco novelas que han marcado calles, barrios y edificios

El Distrito Federal es una ciudad literaria. Sus colonias, inmuebles y personas guardan historias, reales o ficticias, que han inspirado los sueños y pesadillas de muchos escritores. Mítica, fantástica, legendaria y esquizofrénica, la metrópoli es un espacio natural construido sobre las voces de sus habitantes. Cada quien tiene su versión. Cada quien, una forma de vivir su magia y su tragedia y, cada narración, una forma nueva de descubrirla. Aquí algunos ejemplos.

La capital era apenas poco más que el Centro Histórico pero comenzaba a estirarse hacia todos lados. Lo hacían sus calles, casas y parques, pero también su violencia, su locura y el folclor que las acompaña. Un asesinato romántico en la iglesia de la Profesa (Madero esq Isabel la Católica) es la ventana desde la que Gutiérrez Nájera observa y adivina el futuro del Distrito Federal.

"Obsérvese el escenario en el que se mueven los autores y cómplices del homicidio al que aludo. El fonducho de Reyero, la taberna de San Felipe, la cantina de "la India", la tienda de Tacuba, las carnitas, el pulque, la Casa de Coleta: todos se embriagan, todos pegan, todos huelen mal, ¡todo sucio! Ni un ápice de pasión; ni un grito verdadero de necesidad, ¡todo vicio!".

Es el retrato, a veces demasiado atinado, de una ciudad marcada por el crimen y los lugares típicos que dan pie a la desesperación cotidiana. El centro sigue, y estamos agradecidos por eso, lleno de tabernas, cantinas y fondas. También la Profesa se mantiene en pie. Visítala y recuerda el vértigo que nos atrae y el amor salvaje que sentimos por la urbe.


Es la adolescencia de la ciudad. El personaje, como un asesino a punto de disparar, espera un cambio, no actúa. No tiene nombre porque no sabe quién es. La ciudad, un globo que sigue inflándose, está a punto de explotar. El joven vive en la Narvarte y va a entrar a la universidad. Todo es tenso.

"Seguiría corriendo cual caballo pateco y marmoleado. Corro por Morena hasta Universidad y zas sigo hasta la mera CU dándome palmadas en las petacas, haciendo taratatá taratatá como coche del Sorpasso. En la CU ya hecho camote por la carrera me tiraría en el pasto resoplando como infeliz fuf fuf viendo el cielo chistoso de la Universidad, a la mejor algún arbolito que parezca gemelo y segurito los edificios de la Rectoría y de las facultades balines a las que no voy a ir porque seguro voy a entrar a la Ibero o a la Universidad La Salle".

El personaje y el DF son lo mismo. Viven un momento de cambio pero son pasivos. La universidad es su futuro. La novela se presenta ahora como el escenario donde se desarrollaría una tragedia que, si bien se sospechaba (¡mucha tensión!), nadie podía adivinar. Su lenguaje, personajes y actitudes proyectan una foto fiel de un momento y se prepara para detonar una de las sorpresas que dejará marcada a la urbe para siempre.


Con la adaptación del evangelio de San Lucas, Leñero muestra al DF como una metrópoli universal. Jesucristo Gómez, albañil que nace en los lavaderos de una vecindad, recorre sus calles como territorio bíblico: milagros, seguidores, traiciones y muertes públicas.

"No todos los peregrinos viajaban a pie. El obispo, como algunos sacerdotes y católicos citadinos, hacían el recorrido de un tirón en autos y camionetas particulares. También se alquilaban autobuses para peregrinos de pocos recursos. Quienes viajaban en automóviles o camiones se reunían con los de a pie en el arranque de la calzada de Guadalupe o en el atrio de la basílica, y ya todos juntos entraban en el templo. -Quiero que Jesucristo conozca la Villa-, alegó José Gómez".

La Villa es el templo en el que se pierde. La política, la cultura, las clases sociales y la geografía citadina se abren para contener la historia de un defeño más, pero quien resulta un personaje universal. El núcleo urbano se revela como un espacio condensado, un Aleph en donde, si se observa muy detenidamente, se puede ver un mapa de la humanidad.


Una calle circular en el corazón de la Condesa representa una ciudad que vuelve sobre sí misma. Llena de simbolismos, personajes que regresan y recuerdos que siguen presentes. Llamadas de Ámsterdam nos cuenta una historia de amor en una localidad donde el pasado no se ha ido a ningún lado.

"Trató de recordar otra calle circular. Tal vez en el Pedregal o en Ciudad Satélite hubiera circuitos que volvían sobre sí mismos, pero sólo ése evocaba a los apostadores que triunfaron o se arruinaron en las carreras de caballos. Volvió a marcar, un poco para concederse un derby personal, la posibilidad de que ella sí estuviera en casa y decidiera tomar el auricular".

Ya no hay carreras de caballos pero todavía se hacen apuestas, en su camellón, cafés y edificios. El riesgo sigue vigente. Como si se hubiera construido sobre un cementerio indio, la historia marcó para siempre su destino. Construcciones sobre las pasiones y un pasado que se expresa todos los días. Una ciudad eterna.


Esta es una ciudad que cambia. Si bien las tradiciones parecen eternas, su movimiento a veces se siente demasiado rápido. Es una alteración que puede resultar amenazante y el miedo a que nos consuma es constante. Arturo Azuela narra esta transformación en su tetralogía sobre la Santa María la Ribera. Sus ancianos son el rostro de una generación que, sorprendida e inmóvil, observa la evolución de un barrio que fue suyo y ahora no reconocen.

"Desde la altura semiesférica  del monumento a la Revolución, mirando hacia el norte, se distinguen las luces de unos cuantos automóviles que suben y bajan por el puente de Nonoalco, las dos torres en penumbra del Museo del Chopo, y el humo de tres locomotoras que se aproximan a la estación de Buenavista. El frío es húmedo y los astros se empañan con lentitud. Los eucaliptos, los pinos y las palmas de la Alameda de Santa María se pierden en la oscuridad. Apenas sobresalen los perfiles del techo del Kiosco Morisco y del Frontón de los Baños del Chopo. Más a lo lejos se divisan las chimeneas de las fábricas que van desde Santo Tomás, siguiendo el Río del Consulado, hasta el Monumento a la Raza. Suenan los silbatos de los patios de ferrocarril y siguen los puntos luminosos de los coches que alumbran el barandal y el camellón donde termina el puente, al nivel de la calle de la Rosa. El traqueteo de las locomotoras llega hasta la recámara de los abuelos en las calles del Álamo".

La colonia cambió -y seguirá cambiando- para siempre. Llena de melancolía, es la narración de una metrópoli que se mantiene joven a pesar de sus habitantes. Siempre nueva. Estamos obligados a caminar a su velocidad.


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