Ópera El juego de los insectos

Arte
 (Foto: Alejandra Carbajal)
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Foto: Alejandra Carbajal
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Foto: Alejandra Carbajal

Hormigas que se preparan para ir a la guerra, mariposas a las que no les preocupa en absoluto, grillos, escarabajos, crisálidas, moscas, parásitos y larvas son los insectos que cobran vida y cantan para reflejar la forma de vida de la sociedad europea de las primeras décadas del siglo XX, aunque tiene total correspondencia con muchos eventos que han marcado a las sociedades de nuestro tiempo.

Lo que fue una obra teatral de los dramaturgos checos Karel y Josef Kapek, se convirtió en una ópera con la que el prestigiado compositor mexicano Federico Ibarra (CDMX, 1946) ofrece una lectura contemporánea de texto, a fin de reflejar las formas en que nos regimos como sociedad, cuyos miembros están simbolizados por estos pequeñísimos invertebrados.

La ópera de Ibarra, con libreto de Verónica Musalem, se presentó en 2009 con el acompañamiento de piano en Bellas Artes, pero esta es la primera vez que se representa escénica y orquestalmente, con la orquesta y el coro del Teatro de Bellas Artes. La dirección concertadora de Guido Maria Guida y la dirección escénica de Claudio Valdés Kuri muestran a un grupo de cantantes profesionales y al actor Joaquín Cosío, quien protagoniza la ópera en el personaje de un vagabundo que descubre que el mundo de los insectos no dista mucho del de los humanos.

Al igual que en óperas como Antonieta o Alicia, en El juego de los insectos el compositor propone una fusión entre música y teatro: “Ha sido mi preocupación constante que la ópera recupere su sentido teatral. Este argumento es ideal para un director de teatro, porque está poniendo a prueba tanto la imaginación, como las posibilidades que ofrecen el escenario y la historia”, comenta Ibarra. 

Está bajo la producción de Julián Robles, Auda Caraza y Atenea Chávez realizan la escenografía, Víctor Zapatero la iluminación, mientas que Jerildy Bosch el vestuario, y la coreografía es de Alicia Sánchez, conformando un equipo atractivo a la altura del evento que supone el estreno de una ópera contemporánea hecha en México. 

“El público actual se acostumbró a que las óperas tengan otro ritmo y otra manera de hacerse, que un cantante ya no esté parado cantando durante veinte minutos sin moverse”, menciona Federico, quien contribuye a esto con una partitura que fusiona música de concierto con ritmos populares propios de principios del siglo XX en América y Europa.

Una ópera necesaria en la que los insectos cantan, un vagabundo observa y el público ve reflejada su cotidianidad como seres humanos, partícipes de una vida social, económica y política.

Por Enrique Saavedra

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