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Reseña
Si algo te podemos sugerir es que no vayas a Granate Enoteca solo a picar cacahuates; asegúrate de ir con hambre, pues en este wine bar en la Cuauhtémoc las botanas y las tapas son generosas.
En esta ciudad donde la exploración del vino sigue siendo hobby de pocos, un menú de alimentos interesante es casi requisito para que el público regrese a un wine bar. Eso aquí lo entendieron bien y le pusieron la misma atención a la cocina que a los vinos, así que ve dispuesta a compartir la comida con tu cita o tus amigas.
La carta es de influencia española con toques propios de la casa; entre tapas, croquetas, pulpo o calamares, un excelente inicio fue el jocoque con aceitunas y pan pita crujiente, en el cual no escatiman en aceite de oliva para mayor untuosidad. Otro acierto fue la tabla de quesos, armada con una buena porción de cinco quesos de diferentes maduraciones, compota de manzana, semillas e hilos de miel de abeja. Aquí las tapas son extra-monchosas, dos ejemplos que sorprendieron por su tamaño fueron la de jaiba frita y la de camarones sobre una cama de hongos.
Todos los vinos que probamos fueron a recomendación del sommelier, desde un blanco de Bierzo fresco y fácil de tomar, un chardonnay con barrica un poco más complejo hasta ejemplares más experimentales como un vino con té de jazmín y té negro muy interesante o un naranja queretano limpio y amigable.
En general este lugar cumple con lo que todo millenial de cierta edad –sí somos– necesita, buena comida, música que permite platicar o charla sobre vinos si quieres venir solo. Checa los eventos como catas o colaboraciones con marcas que ocurren en promedio una vez al mes.
Tip de Time Out: los fines de semana hay paella.
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