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Entrevista con Damien Chazelle

Platicamos con Damien Chazelle, director de Whiplash y de la película musical que pinta para ser favorita en los Oscar 2017, La la land

Foto: Cortesía Corazon Films

Como una hermosa y colorida ave, La la land –una cinta llena de cantos y coreografías espectaculares– lleva ventaja en la carrera rumbo a los Premios de la Academia, encantando por igual a críticos y al público. Es el proyecto de ensueño del director y guionista Damien Chazelle, de 31 años, quien desde sus días en Harvard comenzó a desarrollar un cuento romántico sobre un pianista de jazz (Ryan Gosling) y una actriz acostumbrada al fracaso (Emma Stone). Con música de Justin Hurwitz y letras creadas por el equipo de la última gran sensación de Broadway, Dear Evan Hansen, La la land es una carta de amor a los musicales de antaño y a los nuevos.

Platicamos con Chazelle (Whiplash, 2014) en el cine Metrograph, en el Lower East Side de Nueva York.

¿No son una locura los musicales? Es lo que me encanta de este género.
Exactamente. Hay algo incógnito en los musicales –una audacia o desafío o como quieras llamarlo– que creo que es realmente maravilloso. Es desafortunado que, desde los años sesenta, los cinéfilos nos hemos vuelto cada vez más y más literales, necesitando filmes que son retrato del mundo en el que vivimos, y oponiéndose al reflejo de lo que ese mundo nos hace sentir.

Sin embargo, muestras ese reflejo con toneladas de realismo –especialmente la idea de que los artistas deben pasar por decisiones complicadas para cumplir sus sueños–. También lo hiciste con Whiplash. ¿Por qué es uno de tus tópicos favoritos?
Creo que fue a raíz de esa vieja insignia de “escribe de lo que conoces”. Whiplash fue una idea que de repente surgió en mi cabeza de que tal vez esa época, en la que era un baterista adolescente y tenía un profesor muy rudo, podría convertirse en una película… Muy autobiográfica. La la land es algo muy personal: mudarse a Los Ángeles con el deseo de ser artista, anhelando hacer películas y sentir que vas de arriba a abajo de LA, una ciudad que te atrae y aplasta, y luego vuelve a conquistarte y patearte de nuevo.


¿Qué es lo que amas de Los Ángeles?
Al inicio me costó adaptarme. Lo que hace cool a LA es que no es como otras ciudades. Llegué creyendo que era normal lo que hacían los de la costa este, traté de encajar Los Ángeles con la idea de lo que para mí era una ciudad: algo como Nueva York o París. ¡Y se obstina para no encajar con ello!

Es el debut de Emma Stone y Ryan Gosling en los musicales. ¿Cómo desarrollaste su química?
La química simplemente estaba ahí, en bruto. Lo supimos tan pronto se sumaron al elenco. En cierto modo fue un suspiro de alivio porque mucho de esta película era un enorme signo de interrogación, y Ryan y Emma nos dieron un ancla. Sabía que no importaba tanto si todo lo demás encajaba pero tenía que haber algo entre ellos.

¿Tú bailas?
No. ¡Dios, no!

Pese a eso, hiciste una película con largas secuencias de baile, filmadas en tomas ininterrumpidas. ¿Cómo supiste que podrías lograr algo así?
Es muy chistoso. Como que me cosquilleaba la parte de mí que solía tocar música. Siempre que el cine puede acercarse a la música, ya sea en una escena de acción o de baile, me gusta.

¿Cuánto duró la preparación?
Fue un poco más de tres meses con los actores, en locación fue a diario. Por lo general estaban en su entrenamiento de danza o Ryan aprendía piano o lo que sea. Pero luego, una buena parte del tiempo, nos sentábamos juntos para hablar sobre el guión, tallerear las escenas o desarrollar el contexto. Quería hacerles sentir la libertad de hacerlo. Uno de los riesgos de esta película fue que podría tener grandes coreografías y una gran dirección de arte, pero conservar sólo una pulgada de su vida, sin lugar para moverse, vivir y respirar.

Los musicales esconden mucha sensualidad e intimidad, especialmente en el contexto de los primeros años del género, los treinta.
Es curioso que lo menciones. Siempre les decía: “las escenas de baile en esta película son escenas de sexo”. Emma y Ryan flotando hasta las estrellas en el Griffith Observatory, es una secuencia explícita de sexo. No necesitamos ver nada más después de eso. Pero eso es más evidente en las cintas de Fred Astaire y Ginger Rogers: son muy sexies. Eso es algo que los filmes, a tiempos recientes, han olvidado cómo hacer: mostrar cuerpos en movimiento. En las nuevas películas estadounidenses, el espacio se ha vuelto tan fragmentado que no dan sentido a las relaciones de los cuerpos entre sí.

En la actualidad, las personas van alrededor del mundo fantaseando demasiado. ¿Deberíamos debrayar tanto?
Una parte de mí nunca querría hacer algo que sea puramente fantasioso. Sin embargo, al mismo tiempo, evadir la fantasía puede parecer un poco como un punto de vista privilegiado. ¿Quién soy yo para determinar que eso tan grandioso que ofrecieron los musicales de Fred y Ginger, en los treinta, fue un escape de la Gran Depresión? ¿Quién soy yo para ensombrecer lo que una película puede hacer al respecto?

Fantasear es nada.
No. Por eso es que he luchado un poco por ello. Supongo que los retomo por lo que creo que los musicales, en su mejor momento, pudieron hacer: ofrecer cierta tipo de fuga. Pero pienso más a menudo en esto: no estás escapando completamente de la realidad para entrar a otro universo que no tienen nada que ver con el tuyo. Más bien es como si tuvieras un set de diferentes lentes y te los pusieras para ver el mundo, porque los musicales pueden reflejar la realidad de nuestro entrono, en algunas formas.

Absolutamente, son sociopolíticos, les guste o no.
Sí. Quería que La la land se sintiera fiel a la actualidad de Los Ángeles y a lo que ahora significa ser una persona joven tratando de hacer arte, de la misma manera en la que Los paraguas de Cherburgo (1964) termina diciendo mucho sobre la forma en la que Francia lidió con los estragos de la Guerra de Independencia de Argelia. O lo que Siempre hay un día feliz (1955) decía sobre el Estados Unidos que llegaba a la década de los cincuenta, forcejeando con la televisión y el fin de la Segunda Guerra Mundial. Hay una tradición dentro de estas películas –esas que normalmente consideras de escapatoria dulce y colorida fantasía– de decir demasiado sobre quiénes somos o quiénes fuimos como país.

De ahí es de donde viene la magia.
Definitivamente es ahí donde radica la emoción. No sé qué tan emocional es la fantasía pura y sin trabas. Desearía que esta película sea más que un remplazo temporal de tus lentes o lo que sea. ¿Sabes? Que sea más bien como unos anteojos temporales para ver el mundo y una vez que te los quitas, la visión que te dan permanezca contigo de alguna manera o te ayude ver las cosas un poco diferente. Tal vez un poco más optimista.

La la landestrena en México el 3 de febrero.

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