El thriller policiaco en México no es un género nuevo, pero posee una personalidad muy distinta a la de otras latitudes. Aquí no se trata solo de resolver un caso, sino de entender el contexto que lo rodea: la corrupción, la violencia y las instituciones que no siempre funcionan. En cintas como Bajo la sal o Miss Bala, e incluso en obras más oscuras y contenidas como Heli, lo policiaco se mezcla con lo brutalmente cotidiano.
Este es el terreno en el que se mueve Psicópata asesino del conejo blanco, pero con una vuelta de tuerca: en lugar de enfocarse únicamente en el crimen, se adentra en la mente de quienes lo experimentan.
La historia sigue a Nora, una mujer que habita en un equilibrio muy frágil entre la razón y el quiebre emocional; y a Eder, un hombre que ha visto demasiado a lo largo de su carrera. Lo interesante es que la película no lleva al espectador de la mano: suelta piezas, oculta otras y obliga a completar el rompecabezas. Aquí no hay un "caso" tradicional ni un villano claro, sino decisiones, traumas y una sensación constante de que algo anda mal. El "conejo blanco" funciona más como un símbolo que como un elemento literal.
Detrás de este proyecto hay un elenco y un equipo que entienden a la perfección dicho tono. Adriana Llabrés lleva tiempo moviéndose en proyectos arriesgados, con personajes incómodos y emocionalmente complejos. Hoze Meléndez suele apostar por interpretaciones contenidas, alejadas del cliché, lo cual juega a su favor en esta entrega. Por su parte, Andrés Almeida aporta el contraste de un hombre que ha visto lo peor, pero que se resiste a endurecerse por completo.
Time Out México conversó con los tres protagonistas de esta inusual propuesta mexicana, que ya se encuentra en cartelera.
Adriana, Nora vive en un equilibrio mental muy delicado entre la inteligencia analítica y la fragilidad emocional. ¿Qué fue más difícil de sostener como actriz: la brillantez del personaje o la sensación de que en cualquier momento puede romperse?
Adriana Llabrés: Yo creo que lo segundo. La contención fue lo más difícil para mí. No irme hacia un personaje con trastorno de identidad disociativo de manera sensacionalista, sino mantenerla al borde… pero que no se note que está al borde. Eso fue muy particular y nunca lo había hecho en otro personaje.
Hoze, interpretar a un asesino puede caer fácilmente en la caricatura o la exageración. ¿Cuál fue la decisión más importante que tomaste para que este personaje siguiera siendo inquietante y no se volviera un villano caricaturesco?
Hoze Meléndez: Creo que desde el guion ya existía esa complejidad, pero en el proceso previo al rodaje —la investigación y el trabajo con mis compañeros, con el director [Fernando Barreda Luna] y con Javier [Velasco]—, encontramos la tridimensionalidad del personaje. El diseño de producción también ayudó muchísimo. Tenía elementos y tiempo para explorar, improvisar, descubrir acciones, miradas, pausas… la forma de estar del personaje. Nunca lo llevé al “malo de Malolandia”, sino a alguien que también ha sido abatido por la sociedad; alguien que desde niño fue orillado, separado y abandonado.
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Andrés, tu personaje ha estado expuesto a demasiada violencia a lo largo de su carrera. ¿Cómo construyes a un hombre que ha visto lo peor del ser humano sin convertirlo en alguien completamente cínico?
Andrés Almeida: Lo fuimos construyendo hacia la interioridad. Es alguien con muchas frustraciones que lo han ido enclaustrando. Tiene muchas barreras, incluso dentro de su propio trabajo. Más que volverse cínico, sigue buscando el bien, generar cosas positivas, aunque la carga negativa ya le haya ganado un poco. Creo que Fernando Barreda Luna escribió muy bien este encuentro entre Nora y Eder, que termina siendo un respiro para ambos. A través de esa relación se abren y empiezan a manifestar emociones y carencias. Ahí es donde surge un punto de inflexión y empieza el crecimiento de los personajes.
Algo que destaca de la película es que está cuidadosamente construida: decide qué vemos, qué no vemos, cuándo sabemos algo y cuándo no. ¿Cómo fue para ustedes, como actores, entrar a un universo donde hay reglas tan claras, pero también espacios que el espectador debe completar?
Hoze Meléndez: Hay un gran trabajo desde la postproducción y la dirección de Javier Velasco, pensando en esos espacios a través de la cámara, los ambientes y el diseño de producción. Todo eso construye la narrativa del misterio y el suspenso. Para nosotros, como actores, era más sencillo porque muchas cosas ya estaban en el papel. Pero llegar al set y ver, por ejemplo, el trabajo de maquillaje de un cadáver… eso ya te coloca emocionalmente. El director pone la cámara y tú ya estás sintiendo el horror. Eso facilita mucho nuestro trabajo.
Sus personajes están en momentos emocionalmente muy densos. ¿Cómo le hacían para terminar el día y soltar esa oscuridad?
Adriana Llabrés: Yo me armé casi un spa en mi casa. Llegaba y tenía cojines térmicos, un humidificador. Hice un refugio para recordarme que vivo en paz, que tengo tranquilidad, que estoy rodeada de gente que me quiere. Lo necesito. Es algo que aprendí con otros personajes: necesito ese espacio para procesar lo que queda después del día en el set. Cortarlo de tajo no me funciona.
Andrés Almeida: Yo no soy partidario de la actuación de método. Me gusta empezar a actuar cuando llego al llamado, y cuando salgo, me desconecto. Es importante tener claro cuándo dicen “acción” y cuándo dicen “corte”. La adrenalina sigue, el cuerpo lo siente, pero debes tener la cabeza fría para separar. Si no, te volverías loco como actor.

