La primera ficción de Yolanda Cruz no es solo una película ambientada en una comunidad chatina; es una película construida desde ahí. Filmada en colaboración con el propio pueblo, hablada en su lengua y atravesada por su ritmo y su espiritualidad, “La Raya” convierte un objeto cotidiano como un refrigerador en un detonador de deseos, fantasmas y preguntas incómodas.
En la película seguimos a Sótera, una niña que vive la migración no como un discurso político, sino como una ausencia concreta. La cinta mezcla comedia, realismo mágico y fractura íntima para hablar de identidad, distancia y memoria.
Después de años explorando la migración desde el documental con títulos como “To the Other Side”, “2501 Migrants” y “Guerrero”, Cruz apuesta ahora por el realismo mágico como herramienta emocional. No para escapar de la realidad, sino para hacerla más visible.
Time Out México conversó con la reconocida cineasta sobre cómo “La Raya” no intenta explicar a una comunidad, sino que la deja existir en pantalla con humor, dolor y dignidad.
Se habla mucho de cruzar la frontera, pero poco de quienes se quedan. ¿Qué querías explorar sobre esa decisión de permanecer?
Cuando cruzamos la frontera a veces nos quedamos a medias. Pero yo quería preguntarme qué pasa con los que se quedan. Casi nunca lo cuestionamos como sociedad: ¿es posible quedarse? También hay jóvenes que estudian fuera y regresan, que eligen construir desde ahí. Quería abrir ese diálogo con la juventud y plantear que quedarse también puede ser una forma de valentía.
¿Por qué contar esta historia desde Sótera, una niña, y no desde los adultos?
Los niños tienen una inocencia poderosa, pero también crecen demasiado rápido por las circunstancias. Sótera aprende observando a Sandra, su modelo más cercano, una mujer independiente. Quería mostrar cómo los niños absorben lo que ven y escuchan, cómo muchas veces son forzados a madurar antes de tiempo. Era importante narrar esta realidad desde su mirada.
El refrigerador termina siendo una presencia inquietante en el pueblo. ¿Qué simboliza para ti?
En mi infancia, tener un refrigerador era símbolo de estatus, de modernidad. Pero en la película se convierte también en un “transportador”. Nos inspiramos en el cine de horror clásico para usarlo como un objeto que aparece y desaparece, que conecta con la ausencia. Es una forma de materializar el anhelo: si extrañas a alguien, el cine te permite verlo otra vez, aunque sea por un instante.
¿Qué querías decir sobre el amor cuando la distancia se convierte en una forma de abandono?
He visto de cerca el dolor de las parejas separadas por la frontera, el deseo de reencontrarse. Pero también he visto mujeres que esperan toda la vida y niños que son enviados con los abuelos tras un divorcio en el norte. Los hijos crecen entendiendo que son producto de un amor, pero también de una ruptura. Esa fractura íntima pocas veces se cuenta, y era importante mostrarla.
¿Qué cambia cuando el idioma no es decoración, sino el alma de la historia?
Era fundamental hacerla en chatino. A veces creemos que si no hablas inglés no eres nadie. Yo quería afirmar que nuestra lengua tiene el mismo valor y puede sostener una historia universal. Cuando el idioma es el alma, cambia el ritmo, el humor, la forma de amar y de recordar. No es un accesorio: es identidad.

